Todavía recuerdo cuando el invierno pasado el nene apenas levantaba la cabeza cuando venía su padre de trabajar… Aquellos tiempos quedan ya muy muy lejanos. Poco a poco fueron estableciendo una relación más estrecha, distinta a la que tiene conmigo, y desde el verano es pasión lo que tiene con su padre. En las vacaciones de Navidad quedó muy patente la gran papitis que tiene, todo lo quería hacer con él, quería besitos, mimos, que le llevara en brazos… en definitiva, recuperar el tiempo perdido. A veces, desesperadamente, pegado a él como una lapa.

El tiempo perdido, ese es el gran problema. El niño echa de menos a su padre, sufre con su ausencia. Es mucho el tiempo que están perdiéndose el uno del otro por esta falta total de conciliación que padecen los hombres. Se levanta por la mañana, pregunta por él. Se levanta de la siesta, pregunta por él. Suena el teléfono, se escucha la puerta del ascensor en el descansillo: ¿e papá?. Pero no, papá no tá, papá ta trabahando. Siempre está trabahando.

Al final lo ha asumido, se ha resignado. En la Nochebuena se ausentó su padre un momentito y como no le veía, nos dijo que estaba trabahando. ¡Qué penita!.

Así que cuando papá por fin entra por la puerta, se pone nerviosito perdido. Me encanta verles pero reconozco que, al mismo tiempo, me duele. Porque no es justo, no es razonable, no es humano, no es lo que nosotros queremos para nuestra familia. Pero es lo que hay y quizá yo también debería hacer como el nene: resignarme.