Aunque pueda parecerlo, no es que mamá en alemania y yo hayamos decidido poner de moda el dicho: “para criar un niño hace falta la tribu entera“. De hecho, yo lo saco a relucir hoy por motivos distintos a los suyos. Además, ni sabía que existía hasta que me lo he encontrado en los escaparates de Mothercare y me quedé clavada viéndolo. ¡Así que los africanos ya sabían hace un porrón de años lo que yo llevo meses pensando!.

Creo que la mayor dificultad a la que me he enfrentado en este año con mi hijo ha sido a la falta de ayuda. Y no me refiero a las primeras semanas, no, me refiero a los últimos meses. Nada más nacer el niño yo quería estar sola. Era una necesidad que me salía de dentro, un sentimiento muy primitivo de cercanía entre madre y cría y que todos los demás sobraban. Recuerdo como especialmente estresante la tercera semana de vida de mi hijo, cuando mi marido terminó su permiso de paternidad, pero no fue la peor época, para nada. En aquel momento mi suegra se ofreció a ayudarme, la rechacé (no por nada en especial, sino porque me sentía capaz de hacerlo sola), mi madre andaba lejos y ocupada, todo correcto.

Pero fueron pasando los meses y las cosas fueron cambiando. La casa no puede estar permanentemente empantanada. No se puede comer comida basura todos los días. Andar con pelos de loca y sin depilar está bien los primeros meses pero todo tiene un límite. Y cuando te quieres dar cuenta de que se te están acumulando tareas, resulta que el bebé ya no es un recién nacido, ya no se echa la siesta cinco veces al día sino dos, ya no sé conforma con estar en tus brazos o en la hamaca cerca de ti, sino que quiere juerga. Así que por mucho que quisiera hacer, cada vez estaba más limitada.

Siguen pasando los meses, las pelusas ruedan por la casa, debes tener el colesterol por las nubes de tanta pizza y ya no puedes ni ir al médico sin que el niño se impaciente y se ponga como un loco a dar gritos e intentar bajarse del carro por todos los medios. Llega un día en el que te das cuenta de que no puedes ni salir de casa sin que te monte un pollo tan pronto pares el carro y ahí te das cuenta de que no tener ayuda es un problema.

A mi no me gusta pedir ayuda, ya lo conté. No he tenido problemas en dejarle el niño a mi suegra cuando ha sido estrictamente necesario, pero solamente en esos casos. No me siento cómoda diciendo: por favor, llévatelo a dar una vuelta porque quiero lavar las cortinas y ponerme una mascarilla. Eso es algo que le diría a mi madre, no a mi suegra.

La falta de redes familiares, que es a lo que se refiere el dicho africano, es un problema para mi. Tengo claro que no puedo hacer ninguna actividad que requiera dejar al niño con alguien, simplemente, porque no tengo con quién. No puedo plantearme hacer un curso, apuntarme a Pilates, hacerme la depilación láser o, algo que me vendría fenomenal, ir al psicólogo. Esas cosas sólo podría planteárselas a mi madre.

Y más allá de estas cosas tan banales, ir al médico me supone un problema. Por desgracia, no pasa un mes sin que tenga que ir a algún especialista. Ahora estoy intentando encajar todos los médicos en el horario en que mi hijo está en la guarde, pero no siempre es fácil y eso es algo que he podido empezar a hacer ahora en septiembre. Los otros 11 meses anteriores ha sido complicadísimo y he hecho mil malabares para ir con él o conseguir que me acompañara mi marido y se ocupara él del niño.

El día que me corté el dedo, a parte del dolor, me sentí muy mal porque aquel día ni siquiera mis suegros estaban cerca, todo el mundo estaba a más de una hora de mi casa. Tuve un momento de desesperación en que pensé en salir al descansillo y pedir ayuda a los vecinos pero, ¿a quién?. Si en Madrid todos somos unos desconocidos, hola y adiós, cómo le vas a dejar el niño a unos que ni conoces…

Así que sí, me siento sola, dependiendo del momento, muy muy sola. Mi marido dice que si viviéramos cerca de mis padres ya habría salido tarifando con ellos y es cierto, nuestra relación es así. Pero sería muy distinto tener la libertad de dejar el niño a mi madre, que se lo quedaría encantada, para que yo pudiera hacer otras cosas, importantes o no. Incluso mi abuela paterna estaría loquita por achucharlo un rato a solas.

Yo he sido siempre muy independiente y lo sigo siendo. Pero, ¿no necesitamos todos apoyar la cabeza en el hombro de alguien de vez en cuando?.