Hay gente en facebook que tiene configurados sus álbumes de fotos de manera que si alguien les comenta una fotografía, el resto de sus amigos pueden ver esa foto y los comentarios de la gente. De esa forma, el año pasado me encontré con el album de fotos de un recién nacido, hijo de una amiga de una amiga mía. Las fotos me impactaron mucho, era imposible pasarlas por alto, porque el bebé no tenía buen aspecto. El niño estaba extremadamente delgado, tenía la cara y las manos afiladas y aspecto enfermizo general. Me dió muchísima lástima pues, aunque no conocía qué había pasado, era evidente que el bebé no era un bebé feillo sin más sino que algo le sucedía. Miré los comentarios a ver si encontraba una pista y me encuentro con que todo el mundo le decía a la madre: “qué guapísimo, por Dios“, “no se puede ser más guapo” y cosas así.
Escribí a mi amiga, primero para decirle que la avisara de que yo había visto sus fotos y quizá quisiera cambiar la configuración de sus álbumes. Y segundo para preguntarle por el niño y su opinión acerca de que la gente mintiera de esa forma tan descarada. Mi amiga estuvo de acuerdo conmigo en que cuando la gente insiste tanto en algo que es evidente que no es cierto, da la impresión de que se están riendo de ti, y más que animarte, lo que hace es hundirte más, porque las madres no somos tontas, aunque algunas veces las hormonas nos confundan. Me confirmó, además, que el niño había tenido problemas y que estaba enfermito, por lo que a ambas nos dejaba más de piedra aún que nadie le hubiera dado ánimos a la madre ni deseado una pronta recuperación ni nada de nada.
Pocas semanas después, mi amiga me comentó que había ido a ver a su amiga y a su hijo recién nacido. Y que la madre, en un momento de desahogo y sin que ella le sacara el tema, le había dicho muy emocionada: “yo sé que la gente me miente, sé perfectamente que mi hijo es feo, no tienen por qué decirme nada, sólo espero que se ponga bien y seguro que cuando mejore y vaya engordando sí que será un bebé más bonito“.
Cuando me lo contó mi amiga, se me saltaron las lágrimas y me impresionó enormemente. Es algo que me ha marcado mucho, tanto que siempre que me acuerdo le pregunto a mi amiga por el niño y esta historia que cuento hoy se la he contrado ya a varias personas como ejemplo de que a veces las mentiras piadosas suponen meter la pata hasta el jamón, sobran especialmente cuando nadie las ha pedido y que incluso pueden hacer más daño que otra cosa. 
Cuento la anécdota porque a mi me tienen frita con “ay qué gordito está el niño“. Frita, frita de verdad. ¡Es lo que más me repite el 75% de la gente!.
Yo creo que para ser amable con una madre no hace falta mentirla. Los bebés son tan lindos, tan monos, tan tiernos, tan entrañables, que no hace falta recalcar precisamente el rasgo que no tienen para que su madre se sienta bien. Si alguien quiere ser amable conmigo, puede hablar de su pelito rubio, de su piel blanquita, de lo risueño que es… Pero cada vez que me dicen que está gordito, en lugar de agradarme, pego un respingo. Es como si en ese preciso momento supiera que me están tomando el pelo y no puedo dejar de preguntarme por qué.
Mi hijo pesa 8.700 con unos 73 cm de largo. No tienen michelines, ni tetillas, ni papada.  Cuando le baño, se le nota todas las vértebras de la columna. Puesto de pie, con el pañal medio caído, se le marcan todas las ingles y pubis como a los buenorros de los anuncios de calzoncillos de Calvin Klein. Le pones un pijama de esos ajustaditos y es un fideillo. Tiene 9 meses y la mitad de la ropa de verano que lleva es talla 6 meses porque no la llena de ancho.
Sí, tiene sus pulseritas en las muñecas y en los tobillos, como todos los bebés, pero ni los brazos ni los muslos le hacen pliegues. Tampoco es que sea un niño escuálido, pero es evidente que es flaquito, espigado o como lo queramos llamar. En fin, que nadie que ande bien de la vista resaltaría “gordito” como una cualidad en él. 
A mi no me importa. Mi hijo es como es. Para esto siempre he sido muy objetiva. Me veo a mi misma con mis defectos, se los veo a mi marido y se los veo a mi niño. Vamos, no es que el hecho de que esté delgado me parezca un defecto (aunque de los bebés se espera que sean más hermosos), sino que objetivamente le veo más flaco y con menos envergadura que otros bebés de su edad y no sufro por eso.
Como yo no quiero que me mientan, no entiendo la amabilidad que tienen algunos. Si yo veo un bebé cubierto de pelusa negra (que los hay y es lo más normal del mundo en bebés morenitos, además de que luego se cae), no se me ocurre decirle a la madre a modo de piropo: ay qué pelusilla tan mona. Si veo un bebé gordote, no le diría: ay, mi muñeco michelín, vas a echar a rodar como un neumático. Que por querer tapar que te has dado cuenta de un “defecto” (¡¡si es que los bebés pueden tener alguno!!), te estás poniendo más en evidencia.
No sé por qué motivo, cuando la gente me lo dice siempre respondo diciendo que no, que no es verdad. Mi marido en ese momento desconecta de la conversación, a mi en cambio se me enciende el chip de “mentira, mentira”. Suele ocurrir que en lugar de callarse, se ponen a argumentar que sí, que sí que lo está, y al final me tengo que callar por no discutir, por no decir: ¡no me mientan, por favor, si no es necesario!.