Hace ya meses que en otra entrada hablé de soslayo de los padres que tienen hijos como el que se compra un nuevo accesorio de moda. Os debió gustar la apostilla, porque ya en ese momento varias personas me comentasteis que estaría bien que desarrollara el tema y posteriormente lo he comentado también con unos cuantos por mail. Como no me he olvidado del tema, hoy le ha llegado el turno.
Antes de meterme en faena, que conste que: 
1. Estoy de acuerdo en que toda generalización es odiosa y que, por supuesto, existen casos y excepciones que desmontan cualquier teoría y, 
2. Cualquier parecido con personas, situaciones o lugares reales es pura ficción. Esto no es nada personal.
Dicho esto, mi teoría es la siguiente:
Hace unas cuantas décadas, la máxima aspiración de un matrimonio era la de tener hijos. Afortunadamente esto ya no es así y es muy normal encontrarse con parejas que prefieren no tenerlos. Siempre he creído que estas parejas los tienen muy bien puestos porque por mucho que hayan cambiado los tiempos, en muchos ambientes sigue siendo imprescindible tener hijos y cuanto no los tienes empiezan con las preguntas y presiones. También creo que ojalá hubiera muchas más de estas parejas que tienen las cosas claras y sus prioridades bien definidas, porque muchas acaban cediendo y la cosa suele acabar mal.
Yo me refiero a las parejas, normalmente de clase alta o media-alta, que empiezan comprando el cochazo para él, luego el segundo cochazo para ella, luego todas las consolas del mercado, después un armario con más zapatos que Imelda Marcos, de regalo de aniversario cae un bolso de Loewe y por supuesto manejan a diario todos los i-phone, i-pads y i-pods del mercado (y no usan i-pud o i-pid porque todavía no lo han inventado, pero todo se andará). Hasta que llega un día que dicen: “¿y ahora en qué me gasto yo el dinero?“.
Ahí empieza el problema. Miran alrededor para ver qué pueden comprarse para estar siempre por encima del vecino y cuando se dan cuenta de que tienen de todo (y mejor y más caro) reparan en que lo que les falta es un churumbel. Además, el bebito les permitirá entrar en una nueva espiral de consumo de lujo, donde poder comprar el carrito más caro del mercado, la cuna más pija, la trona más fashion y… ¡oh, gran descubrimiento! podrán celebrar un súper bautizo con unos súper invitados que les hagan regalos súper caros y súper exclusivos… ¡y un baby shower!. En ese momento deciden, además, que desean con todas sus fuerzas que el churumbel sea una niña, porque siendo niña podrán colmarla aún más de pijadas.
Como comenté el día que hablé sobre el bautismo, en esta decisión el tema de la maternidad, de su valor y significado, no está maduro. Claro que es que algunos de estos no están nada maduros ni aunque ronden los taitantos, que como un día hicieran un psicotécnico para obtener el carnet de padre/madre iba a haber una de suspensos…
Afortunadamente, hay gente que ve la luz. Sigo pensando que la maternidad es un acontecimiento místico y mucha gente en ese momento se da cuenta de que la vida que estaba llevando hasta ese momento era una ficción. Esto demuestra que las personas podemos rectificar hasta cuando metemos la pata hasta el jamón, ¡gracias a Dios!.
Por desgracia, también hay gente que permanece en la oscuridad toda la vida. Siempre he creído que la maternidad no ilumina a todos por igual. Si así fuera, no escucharíamos las cosas que escuchamos por la tele, que son verdaderas atrocidades. Y hay gente que tiene un hijo y no le toca la fibra. Un buen día están en la oficina, son las 20h, y descubren que no tienen ganas de volver a su casa a aguantar a las fieras corriendo por el pasillo y que hace tiempo que calientan el asiento tratando de evitar ese momento. Llega el fin de semana y descubren que no les apetece pasarlo en el parque de bolas, sino en una escapadita para el Black Friday. Miran alrededor y sólo ven lo que quieren ver: que entre el cole, las actividades extraescolares, la niñera y los abuelos, no hace falta que tengan trato con ellos si no les apetece. Con colmarlos de regalos cumplen con su función de padres y se dan por satisfechos.
Muchas personas a lo largo de mi vida me han recomendado que no sufra por los demás. Pero yo no puedo evitar sentir pena por estos niños porque sé que muchos, cuando se hagan mayores, cambiarían muchas cosas materiales por algo más de tiempo y atención de sus padres. Y siento mucha pena porque los niños son tan maleables que lo que hagamos o no hagamos con ellos no tiene vuelta atrás. ¡La infancia de nuestros hijos es un camino que no tiene retorno!.
Hace unos años viví una situación que me conmovió enormemente. Un hombre hecho y derecho, un tío muy importante en su empresa y con un más que jugoso sueldo contaba con lágrimas en los ojos que su hijo se había despedido el domingo por la noche diciendo: bueno, papi, hasta el sábado. ¿Sabeis lo que más me conmovió?. Que ese padre se emocionaba ese día contándolo, pero al día siguiente todo seguía como siempre. Y hasta donde yo sé, así sigue. 
Yo seré rara hasta decir basta, pero sigo pensando que para ser feliz no hace falta tener dos Q7, ni una casa en Menorca y otra en Gijón, ni cada consola nueva que salga al mercado. Sigo pensando que los hijos son lo más grande que tenemos en nuestra vida y no un accesorio más que podemos usar o guardar en el armario según nos convenga. Que tener un hijo no es como comprarse un Birkin.
PD. Para quien no lo sepa, el bolsazo blanco que lleva la Beckham es un Birkin.