Voy al parque por obligación. Soy afortunada porque a mi hijo no le entusiasma (de momento),  él lo que quiere es ir correteando de un lado a otro y no nos paramos demasiado tiempo en ninguno. Pero aún así lo llevo regular y no dejo de observar cosas que no me gustan nada.
Hay dos situaciones, íntimamente relacionadas, que me ponen muy nerviosa:
– Por un lado, los niños abandonados en los parques. Esto pasa, sobre todo, en la sesión de tarde. Las madres llegan al parque y sueltan a las fieras dentro para sentarse ellas en el banco, a veces bien lejano, a hablar de lo suyo. Estos niños, incluso siendo algunos bien mayorcitos, se reconocen a la legua. Son niños que se portan mal a propósito, con un único objetivo: llamar mi atención, aunque sea negativamente.
De manera habitual soy la única madre que entra dentro del recinto vallado. A veces noto malas miradas, curiosamente, no sólo de las madres que se encuentran fuera, sino muy especialmente de los niños que se encuentran dentro, sobre todo si estos son ya mayorcitos. No es raro que niños de una cierta edad se esfuercen en empujarme una y otra vez, en chocarse conmigo o en putear a mi hijo… o todo a la vez. Parece que molesto allí dentro.
Las primeras veces alucinaba. Pero no hace falta mucho tiempo para darse cuenta del origen de esta conducta: los niños, por mayores que sean, necesitan atención. Como sus padres no se la dan, la buscan de cualquier adulto que encuentren. Sienten una sensación de interés-odio, por un lado, quieren que les haga caso y alabe lo mayores que son con respecto a mi hijo y, por otro lado, envidian la atención que yo le presto al mío.
A veces, con demasiada frecuencia para mi gusto, pasan cosas que exceden mi paciencia. Creo que no tengo que ser yo la que llame la atención a otros niños para que no arrollen a mi hijo, para que le traten con cuidado, para que no le insulten ni le empujen. Procuro no hacerlo, confieso que me da miedo tener más que palabras con algún padre, pero intuyo que tarde o temprano sucederá, porque algunas fieras están realmente asilvestradas.  
– Si hay niños abandonados en los parques es porque hay padres que los abandonan. Y digo abandono con conocimiento de causa: en el parque que tengo frente a mi casa es habitual ver niños a partir de 4-5 años completamente solos, con la única compañía de algún hermano mayor. En cualquier caso, muchos de los que van acompañados es como si estuvieran igualmente solos. Algunos corrillos de madres se forman tan alejados del parque y mantienen una conversación tan entusiasta que lo que pase dentro se la trae totalmente al pairo.
Coincido algunas tardes con una mamá cuya hija no para de reclamar mi atención. La reclama diciéndome que mi hijo no la deja jugar, que la molesta, que ella es muy mayor y él es un bebé. Lo cierto es que mi hijo la ignora y si la entorpece en algo es porque ella nos persigue por todo el parque impidiéndole hacer nada. Me da pena, sobre todo, por la cara de amargura y agotamiento que lleva la madre. Se sienta en un banco y se pasa todo el rato hablando por el móvil contando sus problemas. Cuando termina, arrastra a la niña fuera del parque, luchando con ella, con un gesto de hartura que me entristece mucho. Con ella tengo esa impresión que tengo con algunas personas que parecen arrepentidas de haber tenido hijos, como si todo les superara, como si fuera una condena. Mal rollo.
Me parece que el tema parque va a dar para mucho que hablar…