Hay una cosa que siempre me ha llamado la atención de la mayoría de las madres y abuelas con las que me cruzo: su facilidad para ensalzar (y exagerar) las habilidades recién adquiridas de su churumbel. A mi no se me pasa por la cabeza contarle a nadie si mi hijo se pone ya de pie o el número de dientes que tiene, me parece que a nadie le importa, especialmente si no me lo han preguntado. Pero, como digo, es de lo más habitual encontrarme con alguien y que me cuente los progresos del bebé en cuestión, que muchas veces ni está presente.
Lo asombroso, más allá de querer fardar del niño (que hasta cierto punto es normal), es que todos los bebés son súper bebés. Bebés que caminan con 8 meses, que dicen 5 palabras con 7 meses… 
Al principio yo pensaba: vale, muy bien, hay bebés muy precoces, hay de todo en la viña del señor. Pero cuando te sigues encontrando con gente y más gente y resulta que toooooodos sus bebés son un dechado de proezas te empiezas a mosquear. Pongamos que en estos meses me hayan hablado de unos 20 bebés, ¿es posible que ninguno haya empezado a caminar con 15 meses o a hablar con 16?. Porque por pura estadística, tras haberme hablado de 20 bebés, alguno tendría que haber salido más lento que los otros, digo yo.
Sintiéndolo mucho, ahora cuando me cuentan una hazaña de este estilo pienso que si no lo veo no lo creo, porque hay quien miente más que habla. Siendo buena, voy a dejarlo en que la gente tiene tantas ganas de que hagan cosas que se ponen a exagerar y se lo acaban creyendo. Si entendemos por hablar decir pa-pa sin ton ni son, entonces mi hijo habla desde antes de los 5 meses. Y si por gatear entendemos desplazarse unos centímetros croqueteando, entonces mi hijo lo hace también desde los 5 meses. Así podríamos seguir exagerando hasta el infinito.
Normalmente estos comentarios me entran por un oído y me salen por el otro, porque si voy sumando cosas que me dicen por la calle, directamente no saldría. Pero hace algo más de un mes íbamos los tres paseando (cuatro si contamos la perrunilla) y nos encontramos con una mujer que, casualmente, tiene un nieto que nació el mismo día que mi hijo. Tengo que decir que la mujer me cae (o me caía) fenomenal y que siempre ha sido muy maja conmigo. Pero aquel día, casualmente, iba con su nieto, al que no conocíamos en persona todavía. Y sin venir a cuento la mujer empezó a acribillar a mi niño:
– ¿Y ya haces las palmitas?.
– ¿No haces los cinco lobitos?.
– Pero ¿no dices adiós con la manita?.
– ¿Cómo puede ser que no gatees?.
– ¿No tienes más que dos dientes?.
Nuestras respuestas fueron a todo que no. Literalmente, le dije: a todo, NO. Lo dije de buen rollo, no me afectó. No me di cuenta de hasta qué punto se había excedido hasta que nos fuimos y mi marido mostró su cabreo. Mi marido, ¡que es el colmo de la tranquilidad y el sosiego!.Al final terminamos partidos de risa, tanto que desde entonces estamos todo el día de guasa con este tema. 
Objetivamente, no considero que mi hijo tenga un desarrollo anormal. Sí que es cierto que tengo una ligera preocupación por el tema gestual (otro día lo comento) pero en los demás planos muestra unos avances normales. De todas formas, aunque mi hijo fuera un súper bebé, no se me ocurriría vender sus adelantos a nadie y tampoco acribillar a nadie a preguntas para demostrar que mi hijo es más, mejor y antes que nadie. No le encuentro sentido ninguno y me parece una clara muestra de la competitividad que vivimos en esta frenética sociedad, competitividad que no sólo no comparto sino que voy a combatir todo lo que pueda. 
Ya dice el refrán que las comparaciones son odiosas y en temas de niños, creo que aún más.