Lo he comentado en varias ocasiones: aunque siempre he sido propensa a coger kilos de más, en el embarazo mi cuerpo quemaba todo lo que comía, así que no tuve que preocuparme en absoluto por el peso. Tampoco es que me preocupara, tengo que reconocerlo. Si me hubiera puesto 20 kilos encima no me hubiera sentido mal, de hecho, estaba mentalizada para ello viendo cuál es mi metabolismo habitual. Pero como tuve la suerte de engordar solamente 7 kilos, un problema que me ahorré.
Lo que sí reconozco es que mi austera dieta contribuyó muchísimo a que no engordara. Mi intención no era evitar los kilos, para nada, mi intención era comer sano y, sobre todo, no comer cosas que pudieran perjudicar al niño. Me encanta la comida basura, no lo puedo evitar, es lo que más me apetece y más me pide el cuerpo. Pero yo sabía muy bien lo que me convenía así que, al final, entre las cosas que me prohibí porque no eran saludables y que soy especial para la comida, no comía apenas de nada.
¿Qué cosas no comía?:
– Ningún tipo de ensalada. No me gusta nada el sabor que aportan la amukina o la lejía así que eliminé de mi dieta todo tipo de verduras crudas. Fuera ensaladas, ya se trata de ensaladas hechas y lavadas en casa como ensaladas ya lavadas, comercializadas en supermercados.
– Ningún tipo de carne a la plancha. Me encanta la carne medio cruda, casi dando saltos en el plato. La idea de comerme un filete seco como una zapatilla no me motivaba en absoluto, así que cuando tocaba comer carne, la hacía empanada.
– Pescado. Como no tenía más remedio que comer pescado, a la plancha y seco sequísimo. Los días que tocaba pescado eran un suplicio.
– Para comer verdura, me inflé a pisto y judías verdes con tomate.

– Por supuesto, nada de embutido curado ni ahumados ni sushi.

– Beber sólo agua mineral. Nada de refrescos.

– Fruta… Mi asignatura pendiente. No me gusta nada la fruta. Al final del embarazo sí que comía una pieza diaria, pero sólo durante el último trimestre, reconozco que el resto del tiempo fui incapaz.

– Casi no comí queso, porque antes tenía que asegurarme de que estaba hecho con leche pasteurizada. La mayor parte de los quesos que más me gustan se elaboran con leche cruda, así que tampoco.

Entonces, ¿qué comía yo?. Una cutrez de menú semanal, está claro. Un día filete de ternera o de pollo rebozado con patatas al horno. Otro día, pescado a la plancha más seco que la mojama. Otro día macarrones. Y otro día judías verdes o pisto, quizá con cinta de lomo (súper frita también, claro). Aguacate, algunas veces…De ahí no salía.

También es verdad que ya que lo que me permitía comer no me gustaba nada, no tenía ni pizca de hambre. Para mi, alimentarme durante esos meses fue una obligación, muchas noches me hubiera acostado sin cenar. Eso que dicen de que las embarazadas tienen mucho hambre, a mi no me sucedió.

Está claro que si te quitas de salsas, comida precocinada o muy aderezada y embutidos, adelgazas. De hecho, durante los dos primeros meses de postparto estoy segura de que no es que no perdiera peso, es que engordé, porque me puse hasta arriba de todo lo que no había podido comer durante el embarazo: sushi, salmón ahumado, anchoas, hamburguesas, fritangas, patatas fritas de bolsa, refrescos, cerveza…¡Todo lo rico!. ¿Por qué será que lo más sabroso, lo que más apetece, es lo que más engorda y lo menos salubale?.