Mi amigo ha vuelto a mi cama y a acompañarme todas las noches. Sabía que, aunque le hubiera abandonado una vez que dejó de ser necesario, volvería a apoyarme cuando me hiciera falta.

No me quita los calambres, ni el insomnio, ni el ardor de estómago. Tampoco consigue que me levante menos veces a hacer pis en mitad de la noche o que tenga menos pesadillas el poco rato que consigo cerrar los ojos. Pero me ayuda a respirar mejor, a no agobiarme con el tamaño del bombo y está tan fresquito que es ideal para los sofocos nocturnos.

A mi hijo no le ha gustado tanto la idea, creo que le da rabia que haya metido a otro en la cama, y lleva unas cuantas noches achuchándome como un pequeño koala, con el mismo frenesí con que yo abrazo al intruso.

Gracias, amigo, ¡qué bueno ha sido conocerte!.