Al nene le encanta sacar de paseo a nuestra perrita. Le gusta llevarla de la correa, indicarle por dónde tiene que ir, que se suba a la acera, que no se meta por tal sitio, que vaya despacio, que se quede quieta… y le encanta dejarla suelta cuando se puede y verla correr con sus amiguitos perrunos. La llegada del buen tiempo y de las tardes más largas nos está permitiendo disfrutar mucho más de esta actividad, así que es habitual verles por el barrio de esa guisa.

Es bonito verles así. Comprendo que a la gente le llame la atención que un pequeño mico pasee a su perra, poco más bajita que él, y además lo haga con esa felicidad y sonrisa de oreja a oreja. Me parece natural que hagan comentarios. Sin embargo, no falla que nos encontremos, tarde tras tarde, quien cree que un comentario amable es decirle al niño:

¿Me das el perrito? ¿me lo llevo a mi casa?

El primer día me quedé de piedra. Y el segundo, y el tercero… Todavía no he entendido de qué va este comentario, más allá de aquello que ya dije en su día, que muy enferma tiene que estar una sociedad para considerar estos comentarios como amables y normales y corrientes. No me gusta nada ser borde y soy increíblemente tímida en estos momentos, pero confieso que me encantaría tener más morro para contestar algo ocurrente al mismo tiempo que igual de desagradable.

Mi hijo pone cara de no entender nada, me mira a ver si averigua algo por mi expresión facial y dice que no… Probablemente responde que no porque va tan feliz llevando a la perra y en ese momento no le apetece compartir la actividad, pero el día menos pensado le veo pasándole la correa al desconocido de turno, porque desde luego no creo que capte que el amable del día lo que le propone es otra cosa.

Qué forma tan curiosa tiene la gente de ser simpática con los niños…