Los dos últimos días me he encontrado como si me hubiera pasado un camión por encima. El cuerpo me pide estar tumbada todo el día, dormitando y comiendo a todas horas. Si a eso le unimos que estoy desesperada porque llegue la hora de la ecografía del lunes… no soy la alegría de la huerta en estos momentos.

Me da un poco de pena porque mi marido tiene vacaciones y en lugar de estarlas disfrutando más bien las estoy dejando pasar. Es posible, incluso, que se las esté fastidiando un poco porque estoy entre tristona, de mal humor, irritable…

No puedo evitar preocuparme un poco por la eco del lunes. Aunque por calendario serían 6+5, por mis cuentas serían 6+1 (o quizá menos) y por ello creo que debo mentalizarme de que es posible (y totalmente normal) que se vea poca cosa. Sin embargo, como me conozco, sé que lo único que podría tranquilizarme sería ver a mi gambita con su corazón latiendo y que si eso no ocurre, aunque sea lógico por fechas, me voy a poner muy nerviosa.

Así que entre unas cosas y otras, así ando, haciendo justo lo que me prometí que no iba a hacer en un segundo embarazo: comerme la cabeza y preocuparme innecesariamente.