El año pasado Pabobo tuvo el detalle de enviarnos a unos cuantos bloggers una de sus lámparas. A mi me envió, en concreto, la Abeja Bee Happy, de la que hablé en esta entrada. Este año ha repetido detalle y le ha llegado el turno a la luz de noche Nomade.

En principio, nunca he estado especialmente interesadas en las lámparas quitamiedos. El tiempo que mi hijo durmió en su cunita y en su habitación nunca tuvo miedo de la oscuridad y, en cualquier caso, tenía un carrusel en la cuna bien chulo, con el que bastaba y sobraba. Desde un poco después del año empezó a dormir con nosotros por lo que este tipo de luces no me han resultado necesarias aunque sí es cierto que en los últimos tiempos algunas noches he tenido la impresión de que, al despertarse de una pesadilla, el nene no quería volver a estar en la oscuridad. Nosotros dormimos de forma habitual con la persiana bastante levantada, yo no soporto el negro absoluto y me gusta que la claridad de la mañana me vaya despertando, por lo que una vez que te habitúas a la falta de luz, en la habitación se ve simplemente con la iluminación que entra de la calle. Sea como sea, yo soy de esas que deja el móvil en la mesilla de noche y lo usa como linterna cuando hace falta…

Así que cuando me llegó la lamparita pensé que le daría poco o ningún uso, al menos mientras el nene no durmiera solo, algo para lo que creo que aún falta mucho. Sin embargo, no ha sido así y desde que abrí el paquete la tengo en uso todos los días, dejándola en la mesita de noche.

La lamparita da muy poca luz, no es nada molesta a los ojos, es lo justito para ver un poquito nada más. A mi me está viniendo bien para la lectura del termómetro por las mañanas (para el método sintotérmico), es la luz suficiente para ver la lectura sin tener que despertar a nadie, porque la BlackBerry quizá de demasiada luz y si estamos muy a oscuras muchas veces tengo que taparla un poco para no iluminar demasiado.

Tiene un sensor por lo que no hace falta estarla encendiendo o apagando, se ilumina conforme la habitación se oscurece. Yo agradecería que tuviera un botón de encendido y apagado porque en la siesta, por ejemplo, me da un poco de rabia que se ilumine cuando bajo la persiana. Pero, como digo, la luz que aporta es mínima, así que tampoco es que resulte molesta.

Se puede dejar conectada a un enchufe, quitando la parte de plástico. Podría servir para dejarla en un pasillo, por ejemplo, de forma fija.

Lo que más me ha gustado de ella es que pequeña, pesa muy poco, resiste muy bien a los golpes, no se calienta y es una luz de apoyo que no deslumbra ni molesta. Además tiene un tacto muy suave y la batería es eterna.

Lo que menos me ha gustado de ella es que la base es como un tentetieso, por lo que a veces no atino a dejarla bien puesta y se me acaba cayendo.

A mi hijo no le ha entusiasmado, para qué voy a decir otra cosa. No le ha encontrado más utilidad que la de tirarla a la cama o desde la cama al suelo una y otra vez, así que al final la he dejado donde no pueda alcanzarla. Me parece normal que no le haya llamado la atención porque, como digo, no tiene el concepto “tengo miedo a la oscuridad” y no la debe encontrar nada interesante. Sin embargo, hace unas semanas que rescaté del ostracismo la lámpara Abeja Bee Happy y aunque el año pasado la ignoró bastante, este año le encanta. Se queda alucinado con el cielo estrellado (con luna y todo) que proyecta en la habitación y le gusta ir cambiando él mismo los colores (y así de paso practica los colores).

Gracias a Pabobo por la lamparita, tenéis unas cosas muy chulas.