Tengo la piel muy blanca y muchos lunares. Durante el primer embarazo no noté absolutamente nada, pero durante el embarazo del pequeño se volvieron locos. Algunos se oscurecieron y otros se pusieron a crecer a toda mecha. Lunares que tenía planos o prácticamente planos empezaron a sobresalir bastante.

No le di excesiva importancia, porque además ya había oído que era algo que podía pasar durante el embarazo, pero cuando estaba ya de siete meses, en vista de que uno en concreto no paraba de elevarse, aproveché una visita a un centro médico para pasar también por un dermatólogo.

La dermatóloga, lejos de quitarle importancia, se puso un poco nerviosa, no sé si por mi estado de buena esperanza o porque realmente le preocupaban algunos de ellos. Empezó a sacarme fotos, llamó a una enfermera y se puso a preparar todo para quitármelos allí mismo, en ese mismo momento. Yo no sabía qué decir, si una doctora pensaba que me los tenía que quitar, pues adelante, aunque prefería no tener ningún tipo de intervención durante el embarazo. Había entrado sola en la consulta, me daba vergüenza decir que quería salir y consultarlo, ¡no me salían las palabras!. Menos mal que me debió ver la cara de angustia y me dijo que mejor volviera a la semana siguiente.

Salí de allí preocupada, por lo que busqué una segunda opinión. Ese segundo dermatólogo me dijo que convenía quitarlos pero que no corría prisa, que aunque la anestesia local no iba a afectar al niño, podíamos esperar perfectamente a que diera a luz.

Una vez nació mi hijo, acudí a un tercer dermatólogo, que me dijo lo mismo. Así que me quité cinco lunares, en dos tandas, primero dos de la espalda y luego tres delante.

Por desgracia, la cicatrización ha sido malísima. Donde tenía los lunares, que serían grandes y oscuros, pero no dejaban de ser lunares, ahora tengo unas cicatrices enormes de color rosado. Pero lo peor es que más allá de lo poco estético (cuando en teoría me iba a quedar de cine), aquello me empezó a picar muchísimo. Dejé pasar un par de meses, con la esperanza de que al asentarse la cicatriz aquello mejorara pero llegó un día que el picor interfería en mi calidad de vida y, para colmo, aquellas cicatrices también se estaban abultando considerablemente.

Cuarto dermatólogo: Que el riesgo de quitarse cualquier cosa de la piel es un exceso de cicatrización, un queloide. De las cinco  intervenciones, tengo tres queloides bastante considerables. Me mandó un gel de silicona carísimo (del que apenas hay que usar una gota, Dermatix) y me ha ido bastante bien. Tras un par de meses de uso el picor se redujo bastante y los queloides empezaron a aplanarse y ponerse más claros. En los últimos meses he dejado de aplicármela a diario por lo que no noto ya los efectos del principio. O quizá es que me voy a quedar así, con un picorcillo intermitente que a veces resulta bastante molesto y con esas marcas espantosas. También me dijo, o eso entendí, que si pasado un tiempo me seguía picando más de la cuenta se podía intervenir de nuevo y retirar todo el queloide.

Evidentemente, ni loca prefiero tener ahí unos lunares potencialmente peligrosos pero me quedo con la duda de si realmente debería habérmelos quitado, o de si al quitármelos hicieron algo mal porque ¿cómo se explica que tengo una cicatriz de la cesárea casi invisible y en cambio esto ha cicatrizado tan mal?.

¿Os ha pasado? ¿Conocéis a alguien cuyos lunares se volvieron locos durante un embarazo? ¿Se los quitaron? Ya no hay nada que hacer pero me interesa conocer casos similares y contrastar la información que me dieron. ¿Habéis tenido queloides? ¿Se puede hacer algo con ellos?.