Esta mañana, Aprendiz de Papá y yo hemos leído casi al mismo tiempo esta entrada de Trastadas de Mamá donde comenta que desde la ventana de su trabajo ve el patio del colegio de al lado y que, observando a los nenes de tres añitos jugar en plena ola de frío con el abrigo sin cerrar, le había dado por pensar (con cierto temor) en qué iba a ser de su hijo cuando le tocara al año siguiente.

A mi ha conseguido ponerme los pelos como escarpias. No pienso mucho en el tema colegio y desde luego este asunto no se me había pasado por la cabeza. De pronto, me ha entrado la congoja maternal y le he dicho a mi marido que no sabía si sería capaz de soportarlo.

¿De verdad alguien cree que teniendo el cole en la puerta de casa (si nos lo conceden, claro), con el patio de los peques a unos 15 metros del portal, puedo yo estar en mi casa calentita sabiendo que mi hijo de escasos tres años está en el patio pelándose de frío porque nadie le ha cerrado el abrigo y él no sabe hacerlo?. Le he dicho al padre de la criatura que, sintiéndolo mucho, y después de haber despotricado durante años sobre la excesiva protección de mi madre, que con la bufanda me tapaba hasta los ojos incluso en el mes de mayo si lo creía oportuno, me veía en la verja del patio, llamando al nene, para ponerle en su sitio el abrigo y el gorro.

Por supuesto, el relajado papi ha puesto la voz en el cielo al grito de “¡ni se te ocurra!“.

¿Sabéis qué le he dicho?. “Lo siento, soy mamá. Si tu lo fueras, lo entenderías“.