Es una obviedad: por los hijos se sufre, se sufre mucho.

Es tontería explicar pormenorizadamente todas las razones por las que hemos sufrido por nuestro hijo mayor; muchas de ellas las he ido narrando en el blog. No ha sido (ni es) una crianza sencilla, desde luego.

Lo que se sufre por los hijos es de esas cosas que uno entiende que son así como una ley natural pero que no se comprenden de verdad hasta el momento en que te conviertes en madre, hasta que no tienes a ese niño en tus brazos y te das cuenta de lo que verdaderamente significa la palabra miedo.

Reflexionaba sobre esto con uno de los últimos sufrimientos que hemos tenido.

Bebé acababa de cumplir quince días, había llegado a casa una carta con los resultados de la prueba del talón en la que estaba todo correcto, pero al día siguiente recibimos otra en la que se nos comunicaba que la prueba para una de las enfermedades daba un resultado dudoso y debíamos repetirla. Era viernes. Abrí el sobre, vi que dentro venía una tarjeta para recoger de nuevo las muestras de sangre y antes de leer la carta ya sabía que algo pasaba. Se me pusieron los pelos de punta: mi hijo podía tener una enfermedad, así, ya, con quince días de vida, sin paños calientes: tu bebé puede estar enfermo, necesitar medicación de por vida, hay que repetir las pruebas y esperar.

Creo que fue ahí cuando bajé de la nube de los primeros días del postparto, de golpe se hizo realidad que Bebé no era un sueño sino que era mi segundo hijo, al que quería lo mismo que al primero, y por el que iba a sufrir exáctamente lo mismo, con cada enfermedad, cada golpe, cada riña…

La cosa quedó en nada: repetimos la prueba y en una semana tuvimos los resultados en casa, que esta vez daban negativo. Un gran alivio pero, como se suele decir, lo pasado ya no te lo quita nadie.

¡Y esto es sólo el principio! Algunos hemos terminado comprendiendo que con más de veinte años nuestras madres no pudieran dormir cada vez que salíamos de noche…