Seguramente una de las primeras cosas que dejé claro cuando empecé este blog hace ya más de cinco años es que odio profundamente el verano.

¡Treintaytantos años después sigo sin entender cómo pude nacer en verano con lo poco que me gusta!

Creo que el primer año de blog le debí dedicar más de cinco entradas al tema calor.

¡Además a Mayor le sienta igual de mal que a sus padres! Suda muchísimo, tiene bastante más sueño, está de peor humor, no tiene ganas de jugar y ahora que ya va sumando años muchos días nos dice claramente que prefiere no poner un pie en la calle.

La mayoría de la gente no lo entiende ¡en España se adora el verano!

Pero estoy segura de que los que sí entendéis lo mal que algunos podemos llegar a pasarlo en verano,  empatizáis conmigo completamente. Algunas personas sufrimos mucho con las altas temperaturas: tensión por los suelos, ánimo a la misma altura que la tensión, sudor constante, dolor de cabeza, insomnio y en mi caso siendo asmática dificultades para respirar cuando los niveles de ozono se disparan.

Aún así, debo reconocer que mi percepción del verano ha ido cambiando con el tiempo porque con dos niños pequeños el tener más horas de luz tiene sus ventajas, también es más cómodo salir a la calle con menos ropa y si te animas a llevarles a la piscina o tienes la suerte de poder escaparte unos días de vacaciones para los peques es genial.

En cualquier caso, no le veo muchas más posibilidades lúdicas al verano que al invierno.

Y cada vez tengo más dudas sobre si son más largas las eternas tardes de invierno en las que hace un tiempo horroroso fuera o los larguísimos días de verano en los que a las 9 de la mañana ya tenemos 30 grados en el exterior y a media mañana se puede hacer la comida a la plancha en los toboganes de los parques. Esos días interminables de verano en los que nadie se atreve a asomar la patita fuera de casa antes de las 22h y cuando lo haces vas con la lengua fuera.

Seguramente si tuviéramos la fortuna de tener una casa con jardín podríamos ver el verano con otros ojos.

¡Mejor aún si tuviéramos una piscina, aunque fuera una hinchable pequeñita donde sólo nos cupiera el culete! Pero encerrados en un piso pequeño al que le pega el sol todo el día y con aire acondicionado que es como no tenerlo porque no funciona bien, la cosa cambia bastante.

Es posible que lo tenga idealizado, pero cada vez tengo más claro que la vida en el campo es una vida mejor.

Me encantan las vacaciones de verano, de corazón. Me encanta la libertad de horarios que nos da que Mayor no tenga que ir al cole, la facilidad para improvisar planes.

Pero, desde mi vivencia, veranos tan calurosos como éste que estamos teniendo este año se me hacen igual de aburridos, igual de extenuantes y suponen incluso un mayor reto para mi capacidad de entretener a dos pequeños que esos inviernos en los que el frío, el viento y la lluvia no dan tregua.

Qué opináis ¿las largas tardes de verano no son peores que las largas tardes de invierno?

Foto | John Morgan en Flickr CC