Aunque en estos casi tres años de blog he aprendido que hay ciertas palabras que no se pueden mencionar en un blog sin que nadie se moleste, lo que tengo que decir, lo tengo que decir y es de lo que hoy quiero hablar (así, en plan Bienvenido Mr Marshall: como mamá que fracasó en su primera lactancia y triunfó en la segunda, hay una reflexión que os debo y esa explicación que os debo os la voy a dar).

Me preguntaba yo si la lactancia materna y la artificial podían ser, si no lo mismo, algo muy parecido. Me lo preguntaba entonces y me lo he estado preguntando todo este tiempo.

Siempre pensé, y en eso me reitero, que a día de hoy tenemos la suerte de tener a nuestro alcance unas leches de fórmula que cumplen su función adecuadamente para aquel que las necesite. Cumplir su función significa que los niños crecen, engordan, gatean, luego caminan, dicen sus primeras palabras, tienen mocos, aprenden a dar besitos, van al cole, etc etc y nadie por la calle puede distinguir si han lactado natural o artificialmente. Y creo que es una suerte porque en mi familia, en otra generación, pero no una generación lejana, sufrieron el desgraciadamente famoso Pelargón y todas las consecuencias que aquella fórmula que casi nadie podía pagar acarreaba en la España de la postguerra. Afortunadamente, todo ha progresado mucho y para los niños que necesitan leche artificial, ahora mismo casi todos pueden acceder a ella y los niños crecerán sin que se note la diferencia.

Dicho esto, y con la esperanza de que los que hagan lectura diagonal no se hayan saltado el párrafo anterior, debo decir que la lactancia materna y la artificial se parecen lo mismo que un huevo a una castaña. Tanto el huevo como la castaña tienen una forma relativamente esférica y son de pequeño tamaño, además de que se pueden comer. Y ya. Formulado de otra manera: alimentar a un bebé, entendido como alimentación pura y dura, puede llevarse a cabo de una u otra forma, pero ambas lactancias difieren sustancialmente en todo lo demás. Ni el envase, ni el modo de preparación, ni la forma de administrarse, ni las miradas, ni el calorcito, ni el consuelo, ni la ayudita para dormir o para mantener el sueño. Dos experiencias totalmente distintas.

Como muchas, yo di el biberón con mucho amor, con todo el amor con el que se puede dar un biberón. Le miraba, le acariciaba, le alternaba un brazo y otro, le apretaba bien fuerte… Y, claro, yo pensaba que si no era lo mismo, era casi igual. Lamentablemente, mi experiencia me ha demostrado que no es así. Cuando amamantas, el amor fluye a tráves del pecho, por si solo. Es contacto, es unión, es vínculo, es una sensación demostrable hormonal y físicamente que no se puede comparar.

Cuando tu bebé llora, te da mucha pena, le tomas en brazos, le paseas, haces lo que puedes. Si amamantas, además, se te sale la leche a chorro porque todo tu cuerpo está vinculado al bebé, a todos sus cambios, todas sus necesidades, es una unión íntima y muy fuerte.

Cuando no das el pecho, te vuelve la menstruación y con ella, entre otras cosas, el deseo sexual, porque la naturaleza, que es sabia, piensa que el bebé ya no está en este mundo y, por tanto, tu puedes volver a reproducirte. La lactancia, como muy bien explica Pilar Martínez en su artículo sobre sexualidad, deja las hormonas de la mujer a un nivel parecido al de la menopausia, con la líbido generalmente por los suelos. Se inhibe la ovulación y no hay menstruación porque la mujer está fusionada y muy ocupada con el bebé, no hay razón para reproducirse de nuevo. Es nuestra naturaleza mamífera.

Dando el pecho tengo un arma muy poderosa contra el dolor, la dificultad para dormir, el malestar, el cansancio, el aburrimiento, el hambre, la sed, el miedo… Nunca pensé que fuera tan fuerte su capacidad de consuelo, pero lo es.

Amamantando me siento distinta, completamente distinta a la mamá que fui de mi hijo mayor cuando él era bebé.  Me siento unida a él de una forma especial, muy intensa. Me siento empoderada, sí, por qué no decirlo, porque soy alimento y consuelo y bienestar.

 

Para quien se haga la pregunta, no me siento culpable del primer fracaso ni aún a pesar de que tengo una duda razonable sobre si algunas cosas del Mayor se podrían haber arreglado con teta, porque como dicen muchas, en esta sociedad nos falta teta, mucha teta…

Algunas veces las cosas suceden sin que nos demos cuenta, sin que podamos intervenir y debemos aceptarlas. Creo firmemente en que hay que fluir con la vida y en que es una crueldad juzgar nuestro pasado desde lo que sabemos en el presente. Pero esto no quita que quiera llamar al pan, pan, y al vino, vino.

En lugar de sentirme culpable, lo que me siento es increíblemente afortunada de estar viviendo esta experiencia. Desearía, de todo corazón, que todas las madres, muy especialmente aquellas que no pudieron vivirlo, tuvieran una segunda oportunidad. Porque esto que estoy viviendo es para vivirlo. Y luego contarlo