Parece que fue ayer cuando describía mi experiencia con las primeras sonrisas del bebé, en aquel entonces de mi hijo mayor, pero han pasado ya más de dos años, y aquí estoy, nuevamente fascinada por la experiencia de ver crecer a tu hijo y sonreírte por primera vez.

Al contrario que Mayor, que tardó 15 días, Bebé nació lanzando sonrisas automáticas a diestro y siniestro. Llegué a la habitación una hora después del nacimento, pasó del pecho desnudo de su padre al mío y fue ponernos piel con piel y empezar a sonreir. Desde entonces no ha parado.

A la sonrisa automática le siguen, en torno al mes, las primeras sonrisas dirigidas, plenamente sociales. Bebé empezó a esbozarlas durante la quinta semana de vida, las perfeccionó al cumplir seis semanas y ahora que está a punto de cumplir siete semanas se está desatando. Cualquier cosita que le digas, simplemente que nos vea, una caricia, ver de pronto a su hermano asomándose al capazo y ahí aparece: una sonrisa de oreja a oreja, incluso acompañada de pequeños grititos de felicidad.

Desde mi punto de vista, este avance supone un hito importante, no sólo en el desarrollo del bebé, sino en su acoplamiento en la familia. Después de varias semanas de muy alta demanda y gesto serio, poco dormir, mal comer y cero ocio en los padres, de pronto el bebé empieza a demostrar que se siente a gusto, comienza a integrarse y a mostrar sus sentimientos con mayor claridad. Es cuando todo empieza a rodar.

¿Quién puede negar que la sonrisa del bebé va directa al corazón de quien la recibe?. ¡Es un inmenso regalo!.