A mi hijo le encanta el pan desde hace mucho, es una auténtica pasión. Siempre hemos sospechado este vicio suyo, pero ha sido al aprender la palabra cuando nos hemos dado cuenta de lo muchísimo que le gusta y ahora entendemos por qué se cabreaba cuando le ofrecíamos otras cosas en su lugar.

Desde hace un par de semanas el niño se ha dado cuenta de que en la panadería de debajo de casa tienen un pan estupendo, mucho mejor que los biscotes o los grisinis que tenemos en casa. Es curioso porque yo no soy de comprar pan de forma habitual; sin embargo, le bastaron un par de visitas para nombrar la panadería su nuevo lugar favorito.

Cuando salimos por las mañanas a dar una vuelta, antes de subir a casa siempre hay que comprar el pan. No hace falta que yo le indique, él va solito. Estoy segura de que si desde la puerta de casa le digo de ir a la panadería, no duda ni un momento en cómo se llega.

No ha probado aún los croissants… ¡Seguro que mañana triunfan en el desayuno!

El problema es que a veces se le antoja pan recién hecho cuando no puede ser. El fin de semana pasado, cuando volvíamos de la sesión de tarde del parque, empezó a pedir pan y venga pan, pan, pan, pan todo el camino. Por más que le dijimos que la panadería estaba cerrada pero que en casa había pan, no hubo forma. El cabreo iba en aumento y cuando llegamos al portal y vió que no íbamos a la panadería, le dió una rabieta en toda regla. Así que cogimos y le llevamos hasta la puerta para que viera que no le estábamos engañando y que, simplemente, no podía ser. Tras tocar varias veces a la puerta, se quedó conforme.

Veremos cómo se toma que la famosa panadería cierre desde el próximo lunes hasta septiembre. ¡Qué disgusto!.