En los últimos meses se me ha hecho imposible escribir un post en el blog. No por falta de tiempo, que eso va por descontado, sino por el tapón emocional que siento. Por no escribir el post que escribo hoy no me veía capaz de escribir ninguna otra cosa. Pero, como ocurre con cualquier tapón, la carga se va acumulando hasta que llega el día que necesariamente tienes que reventar.

Tras analizar en las últimas semanas por qué era incapaz de escribir una sola línea que no tratara del tema de hoy, me he dado cuenta que cada cual digiere sus dificultades a su modo y el mio últimamente es el del silencio. Silencio no sólo aquí sino en mi casa y con cualquier persona de mi entorno. Por no molestar, por no ser pesada, por no aburrir, por no parecer de un pesimismo que realmente no me define, por no dar que hablar…

Mi maternidad ha ido metiéndose dentro del armario hasta un punto en el que apenas puedo salir de él sin enseñar demasiado mi debilidad, mi agotamiento y mi frustración. Entonces, para no salir más herida, para no sentir más incomprensión, para no dar lugar a malos entendidos, para no culpar a nadie, me he metido dentro del armario, he puesto punto en boca y a intentar tirar con lo puesto mientras campeo el temporal.

¿Por qué hoy? Por coincidencias. Hace unos pocos días surgió una conversación inesperada con otra mamá, una de esas conversaciones que para nada te esperas. Tuvimos un encuentro de esos en que dos personas se reconocen casi sin hablar y se atreven a sacar de sus armarios dos maternidades dolorosas y poco compartidas. Esta mañana también, a través de una red social, veía como una mamá expresaba algo similar, y he pensado que quizá a mi me había llegado ya la hora, no sé si de salir del armario, pero sí de decir: hola, aquí estoy, me he metido aquí con mi maternidad a esperar a que lleguen tiempos mejores.

Hay realidades que son dolorosas, hay maternidades muy dolorosas. Y no son pocas, no, es que suelen ser maternidades invisibles.

Hay realidades que, cuando las compartes, recibes apoyo y patadas a partes iguales. Y la maternidad es un tema hiper sensible, que cualquiera puede aprovechar para hacerte daño. Hace unos días recibí un mensaje de una persona que, al hilo de un post delicadísimo de este blog, todo lo que tenía que decir es que yo no debía haber tenido nunca hijos pero que lamentablemente hasta las perras pueden tenerlos. Así, tal cual. Porque hij@s de puta hay muchos en el mundo, pero en Internet mejor ni hablamos.

Pienso que es fácil explicar las cosas bonitas, hablar del amor que sientes, de cómo te ha cambiado la vida (para bien), de subir fotos de casas de inspiración nórdica en las que hasta los juguetes van a juego con la decoración o de atardeceres espectaculares o de manualidades chulísimas que tu sola has inventado. Es la clase de cosas que apetece compartir. Pero es complicado decir que lo estás pasando mal, no sólo ya por el hecho en si de reconocer tu propia debilidad sino porque parece que ser feliz es obligatorio cuando eres madre (sobre todo si eres madre reciente) y porque, para qué negarlo, tienes miedo de que entiendan lo que no estás diciendo. Tienes miedo de que piensen mal de ti, de que piensen mal de tus hijos. Tienes miedo de todo y por eso callas.

Pues bien, aquí estoy hoy destapando el tapón para poder seguir adelante: Los últimos dos años y medio están siendo muy duros. Desde que nació Bebé todo se ha puesto patas arriba y aún no ha vuelto a su sitio. Pasan los meses, pasan los años, y esto no rueda, las cosas siguen sin encajar. Nos han pasado muchas cosas, por desgracia cosas malas o regulares que no puedo compartir, y la demanda de mis hijos que no ha parado de crecer. Es un cóctel tremendamente explosivo cuando se te acumulan tantas cosas.

La vida con un bebé de alta demanda de dos años y cinco meses es devastadora. Su kakadrama me está quitando lo poco que me quedaba de paciencia y de cordura, es la gota que colma un vaso que ya de por si estaba al límite. Con Bebé no se puede hacer vida normal porque todo gira en torno a él y ahora, muy especialmente, en torno a su kakadrama.

Súmale atender a otro niño intenso, las preocupaciones lógicas de ganarse la vida con un negocio propio y otros problemas de adultos nada banales.

Prefiero el silencio, todo al armario. ¿Qué le vas a contar a la gente? Y ¿para qué?

Las ideas que se te ocurren cuando estás a solas con tu maternidad en el armario son todas imposibles de compartir con nadie que no haya estado dentro alguna vez. Pienso que quizá no soy la madre que mis hijos necesitan. Que debería estar repleta de energía y de ideas creativas para tenerles entretenidos y felices. Que debo ser realmente inútil para no ser capaz de proponer actividades para que dos niños tan pequeños puedan estar juntos y a gusto, sin pelearse constantemente, sin tirar cosas, sin romper cosas, sin gritar todo el tiempo. Que solo una persona verdaderamente desastrosa sería incapaz de encontrar un momento para ducharse o para hacer la comida cuando su hijo pequeño tiene ya dos años y pico. Que como algunos psicólogos dicen que los niños son nuestro reflejo, seguramente el kakadrama sea un fiel reflejo de lo mal que lo hago todo, de mi falta de paciencia, de mi falta de herramientas para hacerlo mejor, de mi agotamiento físico y mental, de mis ganas crecientes de salir corriendo. Que todo es culpa mía. Que soy una fracasada.

Y aunque a veces te chocas por accidente con otra mamá que está viviendo algo similar y te sientes menos estúpida y menos juzgada, te vas a casa y sigues sintiéndote una mierda, así que te vuelves con tu maternidad al armario y cierras la puerta, a ver si cuando vuelvas a abrir ha pasado todo.

Foto | Hans Vink en Flickr CC