Veinticuatro horas después de haber nacido Bebé, Mayor vino a la clínica a vernos. Fue uno de los momentos que más me ha impactado de esta experiencia, tener por primera vez en la misma habitación a mis dos hijos, confirmar que ya era mamá de dos.  Pero es que, además, el parecido físico entre ambos, sobre todo en los primeros días, era realmente increíble, por lo que tenerlos juntos al mismo tiempo era como ver el presente y el pasado del mismo niño, uno en versión garbancito diminuto y, otro, un gigantón.

Porque en veinticuatro horas pasé de ver a mi único hijo como un niño delgadito, con manos y pies pequeños, a verle como un auténtico gigante, con unas manos enormes, unos pies enormes, unas orejas enormes, un pañal tamaño XXL… Vaya, ¡si hasta me pareció cabezón cuando no lo es!. No daba crédito. Los miraba alternativamente y me parecía increíble que hace dos años y medio él hubiera estado en mis brazos de la misma manera, con ese mini tamaño.

Cuando tuve a mi primer hijo, todo era desconocido. Imaginármelo con la edad que tiene ahora me resultaba imposible, su vida, y la nuestra, era una constante interrogación. Pero en esta segunda ocasión siento que la experiencia me prepara el camino, puedo mirar a Bebé y sonreir pensando en lo que viviremos en adelante. Obviamente todo será diferente pero también será muy parecido. La ilusión, lejos de decaer, se me hace más grande: me apasiona la aventura de la vida.

Es una sensación parecida a la que tengo cuando veo a hijos de amigas y conocidos, mayores que el mío. Los veo crecer, los veo ir por delante de Mayor, y no dejo de ilusionarme imaginándomelo con esa edad. Los veo tan grandes, tan en el mundo, tan graciosos, tan llenos de vida…

Los niños son un lienzo en blanco y me siento afortunada por poder asistir a la creación de esa obra de arte.