Pensando en mi primera escapada con el niño, a solas, a un centro comercial para comprarme (¡por fin!) algo de ropa, se me han ocurrido unas cuantas reflexiones. 
Que este mundo no está hecho para los niños es evidente. Tampoco lo está para las personas con movilidad reducida. En general, no está pensado para nadie que no esté en pleno uso de sus facultades físicas y mentales.
Los centros comerciales son un buen ejemplo de esto que digo. En primer lugar, porque muchos de ellos, al menos en Madrid, están donde Cristo perdió el mechero. Todavía no he conocido a nadie que tenga la suerte de vivir frente a uno asi que casi todos tenemos que optar por el coche o el transporte público, básicamente el autobús. 
Suponiendo que alguien opte por el transporte público, montarse con un carrito de bebé en un bus urbano madrileño debe ser un ejercicio arriesgado. En primer lugar, porque según como pilles al autobusero te dejará subir o no. En teoría, si el bus no va muy lleno y no hay otro carro, deben dejarte subir, pero yo he visto a conductores impedir la entrada de muy malos modos básicamente porque no les salía de las narices. Pero, suponiendo que nos dejen subir, viendo lo cívicos que somos, no tengo ninguna duda de que los pasajeros no lo iban a poner fácil. He sido usuaria durante mucho tiempo y todavía recuerdo una mañana que la gente gritaba al conductor que no dejara subir a un chico en silla de ruedas porque “íbamos a perder mucho tiempo”. En fin, que yo, antes de montarme en un bus por motivos de ocio, me quedo en mi casa.
Optar por el coche, en teoría, es más cómodo. Pero resulta que los centros comerciales tienen doscientas mil plazas para minusválidos (que me parece estupendo, aunque a veces me pregunto si alguna vez coincidirán los doscientos mil a la vez en el centro comercial) y unas pocas para “familias” (eso los pocos centros comerciales que tienen plazas especiales), que siempre están ocupadas. Cuando no tienes hijos, no reparas en estas cosas. Cuando vas con un carrito de niño directamente evitas aquellos centros comerciales que tienen unas plazas tan estrechas que ya sabes que no vas a poder abrir la puerta del coche completamente para poder sacar a tu bebé en brazos, o aquellos en los que puedes morir atropellado mientras sacas el carro del maletero y lo despliegas. 
Además, siempre hay un gracioso que, por muy bien que hayas dejado el coche, te habrá encerrado cuando vuelvas, haciendo caso omiso de la pegatina que llevas, bien reluciente, de “bebé a bordo” y de los muchos cacharritos que lleva tu coche, que se ven a la legua e indican a las claras que ahí dentro viaja una familia que necesita, simplemente, “un poquito de por favor“. Hace poco tuve que sacar a mi hijo por la puerta contraria a su silla, haciendo contorsionismos en la parte trasera del coche, porque un coche nos había encerrado a pesar de que nos vió claramente sacar el carrito del coche.
Luego están los que mientras estás desplegando el carro y montando al niño se ponen a aparcar tan cerca de ti que pasan a medio centímetro del cochecito del niño, porque debe ser que no hay otra plaza libre en todo el aparcamiento o que no se pueden esperar ni 2 minutos a que tu termines de montar el chisme y largarte. Un día de estos voy a tener más que palabras con uno de estos, que no hay día que salgamos que no nos pase.
Una vez aparcado el coche y montado el niño en el carro, viene el problema del acceso al centro comercial. Porque por las escaleras mecánicas me dan un canguelo tremendo (al margen de estar prohibido). Entonces te llevas la sorpresa de que el centro comercial tiene 20 entradas pero sólo 2 con ascensor. Y tu, claro, has aparcado en la entrada más lejana. A recorrer el aparcamiento hasta dar con el ascensor, rezando para que funcione.
Suponiendo que hayas conseguido llegar a las tiendas sin morir en el intento y que te queden ganas de ver algo, te encuentras con el siguiente chasco: no hay espacio para maniobrar. Muchas tiendas tienen unos pasillos entre percheros que sólo Kate Moss podría pasar por ellos. Otras tiendas tienen tanta gente dentro que te desanimas enseguida. Porque hay gente que pone unos caretos cuando te ven entrar con un carro que se te quitan las ganas de todo (bueno, a veces en vez de quitárseme las ganas me dan ganas de utilizarlo a modo de tanqueta). Da gusto cómo se apartan, cómo te facilitan las cosas.
El capítulo probadores es gracioso también. Menos mal que la mayoría tienen cortina y la cortina se puede poner encima del carro, dejando la mitad fuera y ganando algo de espacio. Afortunadamente yo no soy pudorosa. El probador de H&M es otro cantar porque no tiene cortina sino puerta. Y como metas el carro dentro, lo único que te ves en el espejo es la cara. Me consta que en algunos H&M hay probadores más espaciosos, pero depende de la dependienta que te toque. Porque luego dirán de los funcionarios, pero si hay un sector donde la gente es rancia, maleducaday de poca ayuda es en las tiendas de ropa. Especialmente las del grupo Inditex, que no sé si las tratan mal, las pagan poco o qué, pero si hicieran un concurso al peor trato al cliente creo que iba a haber leches por el primer puesto.
Vamos, que si después de tanto esfuerzo no encuentras nada que te guste, es para hacerse el harakiri. ¡Esto de ir de compras no es para hacerlo todos los días!.