Hasta hace bien poco, cada vez que tenía que referirme a mi niño-bebé, lo hacía como mi “hijo“. Me sonaba raro, porque decir “mi hijo” o “en el embarazo de mi hijo” daba a entender que sólo tengo uno, pero no me salía de otra forma.

Durante la ecografía 4D, la ecografista me preguntó por él y por el desarrollo de aquel embarazo. Parece que, nuevamente, voy a tener un bebé delgadito: la medida de su circunferencia abdominal, igual que ocurriera en su día, es más pequeña que el resto del cuerpo. Entonces le conté toda la historia: que si diagnóstico de feto pequeño para su edad gestacional que luego no fue así, que mi hijo tiene una talla normal (incluso alto) pero es delgado y todo costillas, que por haber hecho el sintotérmico sé de sobra que mi bebé tiene menos días de vida que los que indica la fecha de última regla, etc etc. Creo que fue la primera ocasión en la que dije en todo momento “el mayor“, “mi primer embarazo“, “en el embarazo de mi hijo mayor“… Pero me costó, tuve que hacer el esfuerzo mental de plantearlo así cada vez que abría la boca, por muy natural que en realidad sea.

Desde ese día, me he ido acostumbrando a la expresión. Y también, por qué no, al hecho de que este mico que ahora mismo corretea por la casa es ya mi hijo mayor, todo un hermano mayor, aunque en muchos sentidos siga siendo un bebé.

Durante el primer embarazo son todo incertidumbres porque realmente no sabes lo que te espera ni tienes idea de lo que supone ser madre, pero ahora hay otras nuevas; entre ellas, saberme mamá de dos.