Llevo todo el mes emocionada con la idea de irnos de vacaciones. No sólo son nuestras primeras vacaciones como padres sino también nuestras primeras vacaciones en años, un auténtico acontecimiento. Pero hoy ya, a las puertas de hacer la maleta y coger el coche, me he puesto nerviosa y me han entrado mis típicos agobios, ¡sigo fiel a mis costumbres!.

Recuerdo ya de pequeña que me ponía nerviosa antes de viajar, no sé si porque mis padres me transmitían esos nervios (que realmente no se sabía si se iban de vacaciones o a una expedición de la NASA de lo medido al milímetro que lo llevaban todo), pero recuerdo que la noche antes no dormía y que un mes antes estaba preparando la maleta. Claro que mis vacaciones de la infancia las recuerdo como unas vacaciones de esas que ya no existen: un mes en la playa, en un apartamento, con la abuela… ¡Qué buenos recuerdos!.

Anoche sólo dormimos dos horas. No por los nervios, sino por el calor y la nochecita que tuvo el nene. Así que con los ojos como platos me puse a pensar en cómo cambian las cosas. Ahora somos nosotros los que tenemos la responsabilidad como padres, digamos que es nuestro estreno de papás en vacaciones. La responsabilidad de llevarse todo lo necesario, de planificar las necesidades, de conducir el coche hasta el destino y vuelta, de vigilar al niño en todo momento en un ambiente distinto, de intentar que coma lo más adecuado para él. Incluso la responsabilidad de llevarnos a la perra y que esté bien, ponerle sus pipetas especiales para ese lugar, que se porte adecuadamente cuando bajemos a la playa, que no se maree en el coche… ¿Soy la única que en estos momentos se siente más próxima a sus padres y entiende algunas cosas mucho mejor?.

Además, también supone un paso importante para nosotros porque hasta el momento no nos hubiéramos atrevido a ir con el niño ni a la vuelta de la esquina. Sin embargo, con la madurez que ha ido adquiriendo con el paso de los meses, con la flexibilidad que ha ido ganando en las últimas semanas, me siento mucho más confiada en que todo irá bien y que aunque sus rutinas se alteren un poco, en lugar de sufrir, lo va a disfrutar plenamente. Estoy deseando que vea el mar por primera vez, que pise la arena de la playa, hacer algún castillo, qué se yo, todas esas cosas que se hacen allí (aunque yo odie profundamente la humedad, la arena y la sal en la piel, ¡lo que no se haga por un hijo!).

Y, ¿qué meto en la maleta?. Que me voy para una semana pero parece que me tengo que llevar la casa entera… Menos mal que tenemos poca ropa así que todo para dentro.

Mañana voy a estar liada con mil cosas pero me llevo todos mis aparatejos electrónicos a la playa así que seguiré escribiendo y contando qué tal esta experiencia tan emocionante.

Lo próximo que escriba será mirando al mar. ¡Ciao!.