Estado de mis neuronas: crítico.

Durante el embarazo me pareció la cosa más normal del mundo. Además, con la preocupación que tenía encima, no me lo planteaba como un problema. Si alguien no entendía mi estado de empanamiento mental, lo mismo me daba, yo seguía en mi mundo. Creo que no he estado más callada en toda mi vida, ¡qué meses de silencio!.
Pero es que han pasado casi 9 meses y no estoy mucho mejor. Empecé a hacerme listas para poder acordarme de todas las cosas que tenía que hacer en el día. Pero no es suficiente con eso. Sigo estando en mi mundo, no logro salir de ahí. Hay una ingente cantidad de cosas que ahora me parecen tan banales que me entran por un oído y me salen por el otro, lo cual es un problema porque hay una mínima cortesía social que te obliga a recordar las cosas que te cuentan los demás para futuras conversaciones. De hecho, hay veces que me descubro a mi misma asintiendo con la cabeza a lo que me cuenta el tendero de la carnicería sin estarle realmente escuchando. Hasta un día le contesté cuando claramente me había hecho otro tipo de pregunta. ¡Glups!.
Anoche le decía a mi marido que no sé si me voy a recuperar de esto. Creo que son dos problemas:
– Un espesor mental importante: difícultad para concentrarme, intentar hacer veinte tareas a la vez (imposible), incapacidad para recordar detalles (salvo que sean muy relevantes), olvidos constantes, equivocaciones tipo meter los pañales en el cubo de la ropa sucia y la ropa para lavar en el lavajillas…
– Relativización de todo lo que no está relacionado con la maternidad y cuestiones importantes de la gente que quiero. ¿Qué fulano se compra un coche? Ah, pues muy bien. No, no me cuentes marca y modelo, que no me interesa. ¿Qué mengano se casa con zutano?. Ah, pues que duren toda la vida. ¿Qué pepita ha discutido con menganita en el trabajo?. Ah, esto directamente no me interesa.

Creo que se me lee en la cara  que me importa un pito, como el otro día que me pararon unas vecinas en el portal para comentarme que las plantas estaban muy pochas y que mi marido debía hacerse cargo porque era el Presidente. Se me quedó la cara “como vaca que ve pasar el tren”. Y, claro, es un problema, porque a veces debería simular que me interesan estas anécdotas para integrarme mejor socialmente, ¿no?. Pero me cuesta, me cuesta.

Anoche le dije a mi marido que no sé si voy a durar mucho en el trabajo cuando vuelva. No sé si voy a ser capaz de hacer algo. Creo que no me acuerdo ni del sistema de archivos, ni de a qué me dedicaba yo. Y como tengo dudas de que mi puesto exista a la vuelta, ¿seré capaz de aprender algo?. Lo que me temo es que me estén contando mis nuevas tareas y yo, mientras, esté pensando en lo poco que me interesa, haciéndome preguntas del tipo ¿y esto qué aporta a la sociedad? ¿yo qué hago aquí sentada? ¿cómo estará mi hijo? ¿todo esto por este sueldo de risa? ¿no estaría yo mejor con el bebito en el parque? ¿me quedan pañales? ¿de qué hago el potito para cenar?.
Lo bueno de este déficit neuronal es que hay cosas que ahora me han empezado a resbalar. Me sigo llevando los mismos sofocos que antes cuando alguien me hace alguna faena pero me dura un par de días y no semanas y semanas como antes. ¡Esto del encefalograma plano va a tener sus ventajas!. Ahora entiendo la felicidad de esos que viven la vida con un triste par de neuronillas flotando solitarias en sus cerebros, ¡si para lo que hay que ver, es mejor no enterarse de nada!.

¿Me recuperaré de esto? ¿Con otro embarazo quedaría lobotomizada definitivamente?.

PD. Esta tarde tengo que ir al ginecólogo con los resultados de la eco y de los análisis. Espero que cuando resuelva el tema-mioma se me reactiven, al menos, un par de conexiones neuronales porque esta preocupación me está comiendo mucho ancho de banda.