Termina el verano.

No porque deje de hacer calor, que en Madrid seguimos a la parrilla.

Termina el verano porque el jueves próximo los niños empiezan el cole y, por tanto, terminan las vacaciones escolares. Para las familias que tenemos niños, el verano termina radicalmente con independencia de la meteorología o lo que nos pida el cuerpo.

Y, como todos los años, tengo sentimientos encontrados. Mientras escribo esto, MUY encontrados.

Hubo un momento a principios de agosto en el que tenía claro que necesitaba que el verano terminara ya de una vez, pero (de nuevo como todos los años) a estas alturas ya no lo tengo nada claro.

 

Lo mejor del verano

Sin duda alguna, para nosotros lo mejor del verano es la libertad. Porque lo peor del cole, sin duda, es la falta de libertad.

Poder entrar y salir cuando quieras, no tener que estar a la carrera por la insoportable jornada partida del cole.

Levantarte y acostarte cuando mejor te convenga. Hacer planes sin mirar el reloj. Olvidarse del día de la semana.

El sol, los días tan largos, la brisa de las mañanas en las que te levantas temprano.

No ha sido un verano de grandes acontecimientos, pero ha sido un buen verano.

No ha habido vacaciones si por vacaciones entendemos desplazarnos a algún sitio. Pero eso para nosotros es lo normal y, a pesar de ello, hemos hecho muchas cosas. Lo hemos pasado bien.

Este verano no tenía ningún objetivo más que estar mucho con los niños, dedicarles todo mi tiempo. Y creo que eso lo he conseguido.

Los niños han crecido mucho. Tienen las piernas morenitas, con sus primeros pelitos rubitos y costras y marcas que demuestran que lo han pasado genial.

Hemos cocinado todos los días con nuestra recién renovada Thermomix y ahora dicen que quieren ser masterchés.

Mayor termina el verano con el enorme hueco que ha dejado la caída del primer incisivo central superior (un paleto, hablando en cristiano).

Y con unos cuantos kilos más, que no sabemos muy bien si se deben al estirón que ha pegado o a que por fin ha engordado un poquito.

Los hermanos se han querido como nunca. Sí, también se han peleado como nunca, pero entre medias se han querido como nunca antes lo habíamos visto. Aquí hay amor del bueno y, ahora sí, es evidente lo mires por donde lo mires.

 

Lo peor del verano

Si me conocéis un poco ya sabréis que lo peor del verano, sin tener que pesarlo ni un segundo, ha sido el calor.

Un verano con temperatura de otoño para mi sería idílico, pero Madrid es lo que tiene: vuelta y vuelta a la parrilla.

Tengo claro que, para nosotros, los días de verano son más largos que los de invierno. Y las tardes eternas con 40 grados en la calle mucho más eternas que las tardes en las que hace frío y llueve.

Algunos días se han hecho eternos. Días en los que hemos dormido fatal y nos hemos levantado de mal humor. Días en los que no pasaban las horas y ya no sabías qué hacer, aburridos de jugar una y otra vez a los mismos juguetes y juegos de mesa, que al principio del verano parecían muchos y al final han terminado siendo insuficientes.

Los hermanos se han peleado como nunca. Una veces en broma, otras en serio y con pausas para amarse entre medias. Sí, ya lo he dicho antes, también se han querido como nunca… Pero cuando pelean, la convivencia se hace muy poco llevadera, sobre todo cuando, como adulto, sientes que no tienes respiro, ni válvula de escape y, hablando claro, no ves la hora de que se callen y se entren quietos.

Ha habido días insoportables, en los que no nos aguantábamos ninguno. No siempre he cumplido el propósito de no perder la paciencia.

Tantas semanas de vacaciones han sido demasiadas, para ellos y para nosotros. Un año más, trabajar ha sido todo un reto. Y ellos llevan más de un mes preguntando que cuándo pueden ir de nuevo al cole.

 

Lo que nos espera el nuevo curso escolar

Mientras que ellos están deseando volver al cole, yo tengo mis dudas.

Son las dudas de todos los años, por lo menos no me pillan de sorpresa. Soy resistente a los cambios, que le vamos a hacer. El primer paso es reconocerlo.

No puedo evitar sentir cierto miedo por saber qué les espera en el nuevo curso, si estarán contentos, si todo irá bien. Me preocupa que Mayor estrene nuevos profesores, o que le carguen con muchos deberes, o que el curso se nos haga cuesta arriba. En plural, porque con los dichosos deberes y “exámenes” (lo pongo entre comillas de lo ridículo que me parece) no sólo él empieza el cole, nosotros también.

Incluso pienso en cuántas veces se pondrán malos, cruzando los dedos porque el curso sea tan bueno como el anterior.

Pero, por otro lado, nos encanta la rutina, y se que será buena para ellos.

Se que vamos a disfrutar aprendiendo nuevas cosas y compartiéndolas en familia.

Volveremos a tener horarios más sensatos, que nos permitirán estar a todos de mejor humor.

Sí, nosotros volveremos a correr con el incomprensible horario del cole, pero también será algo más fácil organizarse para trabajar.

 

Salvo que me equivoque mucho, ellos no llorarán a la entrada del cole. Yo no lo sé. En agosto pensaba que iba a dar saltos de alegría pero ahora mismo voto más por echar alguna lagrimilla.

La maternidad es como el final del verano, sentimientos encontrados. A veces cada cinco minutos.