Aquel niño que se iba con cualquiera y no miraba atrás pasó a la historia. Sigue siendo un niño al que le gusta la gente y al que se conquista fácilmente, pero ya no se fía de todo el mundo y ha empezado a dar las típicas muestras de timidez y miedillo que suelen tener todos los niños.

Ahora cuando le hablan desconocidos que no le han entrado por los ojos se esconde detrás de nosotros, se abraza a una pierna nuestra, gira la cabeza o incluso se tapa la cara con las manos. Si quieren darle un globito o cualquier otra cosa, no lo coge de ninguna manera pero pide que seamos nosotros los que lo cojamos (¡tonto no es!, dirá: “cógelo tu si eso y ya me lo pasas a mi cuando hayas comprobado que está todo bien“).

Si alguien le gusta y le ofrece la mano, puede que se la coja y se den una vuelta, pero está siempre mirando atrás para ver si le seguimos y buscando nuestra aprobación para saber qué nos parece.

No le gusta nada que otras personas le regañen, enseguida viene corriendo como asustado.

Estoy convencida de que para algunos este cambio de carácter es para mal, pensarán que era mucho más majo cuando todo le daba igual y no distinguía entre propios y ajenos. Pero yo estoy contentísima de que haya desarrollado ese apego hacia nosotros y la timidez normal para su edad porque aquello de hace unos meses no era nada bueno y esto significa que las cosas han cambiado, que todo está mucho mejor de lo que estaba.