Estoy viviendo una etapa de re-enamoramiento, como le ocurre a muchas parejas. 
He pensado muchas veces en esa etapa que tuvimos nada más nacer el niño, en la que todo el mundo me decía que me miraba con un amor increíble. Recuerdo el día que fui a la guarde a inscribirle, tres meses tenía, y desde el capazo me seguía con la mirada con un brillo en sus ojos… Yo no sabía si verdaderamente era así pero hasta la directora me lo dijo, que esa mirada era puro amor. Me derretía, ¡claro!.
Pero luego… luego no sé qué pasó. Él quería ir más a lo suyo, sus ansias de explorar eran muchas, perdimos contacto visual, cada vez tenía menos interés en los mimos. Luego llegaron las rabietas, las incomprensiones, las caras de reproche por ambos lados. Yo seguía siendo su madre pero esa mirada de amor no la había vuelto a ver, me preguntaba si la habría soñado.
Afortunadamente, aquí estamos ahora, más enamorados si cabe que la primera vez. Nos miramos y nos sonreímos, nuestros ojos brillan, mi tripita siente mariposas cada vez que se acerca. Dedicamos un buen rato diario a achucharnos, nos tumbamos en la cama simplemente a darnos amor. Me coge la cara con las manitas, me acaricia, me abraza con todo el cuerpo. Pone su cabeza en mi pecho y suspira de felicidad, me coge la mano mientras duerme…
Como cualquier enamorada he terminado haciendo cosas que nunca pensé. Siempre me pareció feo los padres que se besan en la boca con sus hijos pero, ¿cómo voy a refrenar su amor si además así ha aprendido a dar auténticos besitos?. Me da piquitos haciendo “mmmmmmmmmm-a”. ¡Nos derretimos los dos!.
Habrá quien diga que vaya cosa, que es lo normal. Lo comprendo, puede que lo sea, pero durante muchos meses no ha sido así para nosotros. Ahora me busca para que no me separe, me trae cosas para enseñármelas, quiere compartir conmigo sus logros, no puede dormir sin mi… joer, ¡es que el amor de un hijo puede ser muy grande!.
Estoy loquita de amor, no puedo decir otra cosa.