Soy una persona que necesito respeto para mi espacio vital. Tengo claros los límites de mi burbuja personal y no me gusta que invadan mi espacio. Me refiero al plano púramente físico, aunque tampoco disfruto nada con las intromisiones en mi esfera más íntima. 
Me pasa muy frecuentemente que voy con la calle y me giro a mirar quien va tan cerca de mi que está invadiendo mi espacio. Si siguen insistiendo, después de haberme girado varias veces de forma cada más más evidente, termino frenando en seco y dejando pasar al pesado/a en cuestión, porque no soporto tanta cercanía con un desconocido. Lo mismo me ocurre en lugares como la cola del supermercado, donde termino dando un par de pasos hacia atrás “para que corra el aire”.
Buscando por Internet si esto que me ocurre a mi son manías mías o tienen algún fundamento, he encontrado un artículo en un blog que me ha parecido muy interesante (si quereis leerlo, cosa que os aconsejo, podeis pinchar aquí). A través de esta lectura he descubierto que en los años ’60 un antropológo, Edward Hall, se dedicó a estudiar las distancias corporales entre las personas, concluyendo que la distancia social se refleja también en la distancia física. Así que no estoy yo tan mal de la cabeza cuando me pone enferma que cualquier desconocido pase o se sitúe demasiado cerca. 
¿Por qué todo este rollo?. Pues porque llevo varias semanas dándole vueltas a por qué mi hijo llora cuando nos encontramos con algunas personas por la calle y con otras no. Es un comportamiento que observo desde que cumplió tres meses, pero que se ha ido agudizando. Al principio pensaba que se debía a determinados rasgos físicos de las personas y quizá no vaya mal encaminada, porque estuvo una temporada que le extrañaba la gente con gafas, incluida yo. Pero, superada esa fase, no terminaba yo de encontrar la explicación, descartando los casos en los que entramos en entornos desconocidos para él y/o con mucha gente, donde su llanto puede ser más de miedo en general que hacia alguien en concreto.
Lo vi claro el día que vino mi abuela a casa con mi madre. Nada más bajarse del autobús, mi abuela se abalanzó sobre el carro y prácticamente se metió dentro. El bebito no tardó ni 2 segundos en echarse a llorar desconsoladamente. 
Ahí empecé a atar cabos y a estar atenta a sus reacciones ante la gente. Ha sido sencillo hacer el “estudio” porque raro es el día que no viene alguien y mete su mano en el carro para manosearle convenientemente.
Pues eso, que ahora lo tengo claro: mi bebé tiene una distancia social con los desconocidos muy marcada. Si alguien le saluda con tono amable y alegre, sonríe, mueve los bracitos y puede que hasta se parta de risa. Una vez pasados varios minutos de intercambio de saludos a cierta distancia, puede que se deje tocar sin más problema, aunque suele mirarme a mi o a su padre, como preguntando si esa persona es del todo de fiar o no. En cambio, si la persona se lanza encima de él sin miramiento alguno, le toca la cara, las manos o los pies, o alguno de sus juguetes, no tarda nada en echarse a llorar. 
Tiene su lógica. A mi, que no me gusta que me sigan de cerca por la calle, no me gustaría que un desconocido se permitiera tocarme o acercase tanto a mi cara que pudiera olerle el aliento y menos sin mediar saludo previo alguno. ¿Por qué debería gustarle esa actitud a un bebé?.