A pesar de que mi bebé tiene 3 meses, o quizá por eso, no he dejado ni un sólo día de recordar el día del parto y los días que estuvimos los dos ingresados en la clínica.

Una de las imágenes que con más frecuencia vienen a mi mente es la de la primera vez que vi a mi hijo. O debería decir las dos primeras veces, pues estando en el quirófano le vi dos veces.

La primera, nada más sacarlo. Lo curioso de la cesárea es que aunque el anestesista me fuera radiando la operación, como si de un partido de fútbol se tratara, yo no creía que de mi cuerpo fuera a salir un bebé. No esperaba que saliera nada, a decir verdad. Me dijo: “ya sale: los hombros, la cabeza, ya está fuera”. Y yo seguía pensando que no era posible. Así que cuando instantes después me levantaron un poco la cabeza para que pudiera ver ese culillo totalmente blanco me pareció una experiencia extra-corpórea. O transcorporal, no lo sé. “Mírale la matrícula, está claro que es niño, eh?” me dijo la matrona. “Por favor, me podeis enseñar la carita?” y entonces lo giraron unos instantes y apenas pude verle, completamente cubierto de una sustancia blanca, viscosa. No estaba en su mejor momento, vamos.

Allí no hubo trompetas ni música celestial ni todas esas cosas que algunas personas creen que suceden en el alumbramiento. A parte de la conversación de los ginecólogos y demás personal sanitario, sólo se escuchaba a mi hijo de fondo y mi propio jadeo, supongo que de la emoción.

No sé cuánto tiempo pasó, más bien poco, cuando la matrona volvió con mi hijo vestido, con su gorrito puesto, envuelto en una sábana o toalla color verde quirófano. Me lo colocó tan cerca de la cara que allí nos fundimos en mis lágrimas y sus babillas. Mi boca dándole besitos abarcaba casi toda su cara. Ya no lloraba. Hacía un ruidito como para consolarse, ruidito que sigue haciendo hoy día, aunque más de cuando en cuando.

Tenía los ojos abiertos de par en par. Ya había leído que en las dos horas después del parto el bebé está más receptivo y con los ojos más abiertos que como estará en las siguientes 3/4 semanas. Y así fue. Esa cara de mi hijo, con los ojos abiertos de par en par, tan abiertos que en la penumbra del quirófano ya pude ver de qué color eran, no se me olvidará jamás.

Me pareció que me conocía. Quizá fueran imaginaciones mias, pero me pareció que le gustó verme. Y a mi me gustó verle a el.

Fue el momento más impactante de mi vida, desde luego. Quiza no el más emotivo, pues las lágrimas de verdad vinieron después, cuando me encontré con mi marido y yo estaba saliendo ya del shock. Por mucho que te prepares durante el embarazo, nadie te puede explicar lo que se siente cuando ves a tu hijo por primera vez.

No sé dónde leí u oí que tener un hijo es acostumbrarse a que tu corazón habite en otro cuerpo. Y es completamente cierto.