A mi marido y a mi nos han encantado siempre los animales. Pero ambos hemos tenido un problema en común: que nuestros padres no nos dejaban tenerlos en casa. No sé mi marido, pero yo tenía claro que  en cuanto tuviera mi propia casa una de las primeras cosas que iba a hacer es tener un animalito. Empezamos con un gato, luego con otro y, finalmente, con mi perra.

Para tener animales hay que tener una premisa clara: la casa ya no va a volver a ser la que era. Si eres como mis padres o mis suegros, que quieres tener veinticinco mil figuritas de cristal en una estantería de exposición y múltiples adornos por toda la casa, además de alfombras, olvídate. Es una locura.

Si eres una persona excesivamente obsesionada con el orden y la limpieza, los animales no son lo tuyo. Los demás sacrificios que implica tener animales a mi me parecen secundarios porque, como se suele decir, el amor lo puede todo. A mi el “problema” de las vacaciones no es algo que me quite el sueño, por ejemplo, porque tampoco nos ha dado nunca el presupuesto para irnos muchos días y, por otro lado, siempre nos hemos llevado a la perra con nosotros cuando hemos podido.

Aunque nunca me han preocupado las tonterías que la gente te cuenta sobre los gatos y el embarazo, ni tampoco las historias de gatos o perros asesinos de bebés, reconozco que sí estaba preocupada por la acogida que le fueran a dar a mi hijo. Sobre todo por mi perra, que le tiene pánico a los niños. Para ella no hay nada peor que el que se le acerque un niño descontrolado en el parque, corriendo hacia ella con los brazos abiertos gritando “perrito perrito” o similar.

El día que regresamos de la clínica yo tenía unos niveles de estrés que sólo ahora puedo reconocer. Porque por mucho que la quiera, no me cabe la menor duda de que si ella no hubiera aceptado al niño la convivencia habría sido imposible.

Sin embargo, mis temores fueron infundados. Tanto la perra como los gatos recibieron muy bien al niño, como uno más de la familia y, sorprendentemente, hasta el día de hoy han respetado hasta sus juguetes (por muchas ganas que mi perra le tenga a la pelota de tela de Ikea). Creo que han entendido que es un “cachorro humano”, indefenso, que deben respetar y que forma parte de la estructura familiar. Mi perra sigue teniendo miedo a los niños del parque, pero no a nuestro bebé.

A pesar de todo lo que os acabo de contar, he tardado en escribir esta entrada mucho tiempo porque me encantaría poder decir que todo es estupendo y maravilloso y que estoy encantada y que adoptaría diez bichillos más. Pero os tengo que decir la verdad… Estamos en crisis con los gatos. Sobre todo yo. 

Hay cosas que no son nuevas, como que nos destrozaron el sofá que teníamos y ahora tengo otros dos sofás, que no tienen ni dos años, que están completamente hechos jirones y con el relleno fuera. Tampoco es nueva la cantidad de pelo que sueltan, o su afición por tirar al suelo cualquier cosa de poco peso que encuentren encima de una mesa. Ni siquiera lo mucho que les gusta jugar por la noche.

Hemos tenido la mala suerte de que uno de los gatos ha descubierto que se puede subir a la encimera de la cocina, donde está la placa, el fregadero, los biberones escurriendo y la leche y los cereales del niño. Esto nos obliga a tener siempre la puerta cerrada y estar muy pendientes porque a la mínima que puede se sube y un día nos lo encontramos con la cabeza dentro de una bolsita de leche de fórmula, algo que me causó un espanto atroz.

Por otro lado, las juergas nocturnas a las 4 de la mañana ya no nos hacen gracia. Ahora que estamos tan cansados, levantarte todas las noches a pegarles un zapatillazo o a buscar un lugar donde encerrarles para poder seguir durmiendo, no tiene gracia. Pero lo peor es que despierten al niño dando porrazos y arañando con la pata en la cancela que hemos puesto en su habitación. Que los jodíos ya no se asoman a nuestra cancela, sino a la del niño, pareciera que buscan despertarle a él y así liarla más gorda.

Está claro que cuantos más impedimentos les hemos ido poniendo, más han recrudecido su mal comportamiento. Al haber cerrado la cocina y las dos habitaciones, se portan peor en el resto de la casa. Los estragos que han causado en los sofás en los últimos meses son de órdago. Me paso toda la noche escuchando los arañazos en el sofá, cuando tienen dos rascadores bien hermosos justo al lado. Y la última fechoría consiste en pasarse la noche abriendo los cajones del baño, sacando fuera todo lo que haya dentro y jugando al fútbol con ello, tirando los botes, destrozándome tampones y compresas…

Asumo mi total responsabilidad respecto a mis gatos y me lo tomo ya con resignación…pero también como una cruz. Si pudiera volver atrás, no volvería a tener gatos porque a día de hoy la convivencia con ellos me tiene agotada.

Si mi marido no me hubiera retenido, ya les estaría buscando otro hogar. Siempre he criticado duramente a las personas que a la primera de cambio se deshacen de sus animales porque molestan pero, de verdad, yo creo que hay cosas que no se pueden tolerar, que superan la paciencia de cualquiera.

Así que esa situación es la que tenemos. Por un lado, muy contenta de tener “familia numerosa” y de poder enseñarle a mi hijo el respeto y el amor a los animales (algo muy necesario en este país) y por otro lado muy hartita de mis gatos, que cada vez se portan peor.