El día que llevé al niño por primera vez al centro de atención temprana para que le evaluaran no tenía ni idea de qué iba a ocurrir allí. Fue M. quien le hizo la evaluación o, más bien, quien nos evaluó a los dos. Salí de allí con muy buena impresión, no sólo porque me pareció que el análisis había sido riguroso y profesional sino porque me escuchó, nos entendió bien al niño y a mi y se mostró muy cercana al sufrimiento que yo llevaba encima ese momento (dudas, miedos, más dudas, culpabilidades de todo tipo, sensación de andar sin rumbo…). Se puede decir que ese día tuve buen feeling con ella y no me equivoqué.

Hace no muchos días, quizá dos o tres semanas, me llamó un día durante una sesión para que entrara. Mi hijo estaba sentado en una mesa, pintando con ella. Al parecer, el niño estaba diciendo muchísimas palabras, pidiendo que le pintara cosas mediante el uso del lenguaje. M. había hecho una lista de todas las que había dicho desde que se habían sentado a dibujar y quería que yo lo viera puesto que en varias ocasiones le había comentado que en casa con nosotros apenas salía de su repertorio habitual. Me senté a su lado y, efectivamente, mi hijo estaba disfrutando de lo lindo garabateando y pidiéndole cosas como “casa“, “pueta“, “coshe“, “sol“, “nino“, “peota“, “oso” … M. estaba feliz. Realmente no sé quien estaba más contenta de las dos pero a mi el instante me emocionó. Sentí que los éxitos de mi hijo también eran los suyos y que se alegraba de corazón por él, no sólo por su éxito profesional.

Las primeras semanas que acudimos a atención temprana me preguntaba si no sería buena idea ir buscando ayuda en un centro público para no ser nosotros los que soportáramos de nuestro bolsillo la carga económica que esto supone pero hace tiempo que deseché la idea. Bien es cierto que nadie nos lo ha ofrecido oficialmente, pero cuando la pediatra me preguntó mi opinión hace mes y algo le dije que estaba encantada con M. y que bien merecía el dinero que estaba pagando por las sesiones.

Esta mañana he vuelto a entrar y he visto en ella la misma alegría que tengo yo por los avances que ha hecho el niño durante la semana en la playa. Hace unos días me dijo que se sentía mucho más tranquila, aliviada, desde que mi hijo se había flexibilizado y había permitido que el lenguaje fluyera por sus poros. Me lo creo totalmente, es algo que se nota a la legua. Como digo, más allá de que sea su trabajo, se nota que quiere al niño y eso no tiene precio.

Confieso que hoy he vuelto a casa conduciendo muy emocionada porque realmente no estoy acostumbrada a este tipo de cosas y que alguien se tome tanto interés por mi hijo es algo que agradezco muchísimo. Gracias a Dios algún día estas sesiones tendrán su final y aunque eso sea motivo de gran alegría, también es cierto que me va a dar mucha pena el día que M. deje de formar parte de nuestras vidas porque, desde luego, a día de hoy es alguien que tiene mucha importancia para nosotros.