En la película de Disney Hércules se puede ver a las tres moiras, las encargadas de tejer el hilo de la vida y decidir cuando una persona muere cortándolo. Es una película que me gusta mucho. Siempre me ha gustado la mitología y creo que es una película que adapta bastante bien al público infantil una temática que es complicada.

Esta parte del hilo es una de la que más le llamó la atención a Mayor la primera vez que la vimos. No sé si ha entendido el simbolismo, es complicado. Un hilo, no se sabe cómo será de largo. Un hilo delgado, fuerte cuando se tensa pero fácil de cortar en cualquier momento.

Hace unos pocos días uno de nuestros dos gatitos celebró su primer mes de su nueva vida. Hace algo más de un mes vivimos en primera persona este simbolismo del que hablo. La vida, un hilo aparentemente largo, fuerte, pero fácil de romperse en cualquier momento, por sorpresa. Y en este caso, más simbolismo con el hilo aún, pues fue un hilo el que podía haber producido el fatal desenlace.

Hace un mes mi marido tuvo un accidente banal pero con consecuencias bastante importantes. Aunque luego se ha recuperado bien y rápido, le mantuvo más de una semana fuera de combate y, por tanto, de baja. Una semana horribilis, caótica, en la que me hice cargo de todo no sé muy bien cómo.

Y entonces bajé la guardia. Tuve la estúpida idea de coserme un botón sin esperar a que los niños se durmieran y mientras luchaba por coserlo rápido antes de que la liaran parda con las agujas y los alfileres no reparé en que mi pequeño vampirín negro estaba jugando con un hilo de coser. Para ser exactos, sí reparé en que estaba jugando con hilos, pero mi idea era tan mala, tenía tal estrés encima en ese momento, que lo que menos me preocupó es qué estaba haciendo el gato, ¡sólo quería acabar cuanto antes!. De hecho, ni siquiera sé si tenía una hebra muy larga o una bobina entera ni qué hizo con ella.

El gato empezó a vomitar. No recuerdo cuándo comenzó, sólo recuerdo que cada día vomitaba más que el anterior. No le di importancia hasta que una tarde cuando bajé de la oficina con los niños después de un día infernal encontré al gato tumbado en el suelo, con los ojos vidriosos y sin apenas responder a ningún estímulo. A partir de ahí fue todo muy precipitado, cuando llegamos al veterinario nuestro gatito estaba muy mal y se quedó ingresado con suero. Unas horas más y no lo hubiera contado.

La ecografía no sólo mostró que efectivamente tenía un hilo fastidiándole sino que sus riñones estaban deformados, algo que al parecer padecen muchos gatos sin sintomatología alguna pero que complicaba las posibilidades de recuperación. Las alternativas eran la eutanasia o bien operarle, con la esperanza de que los daños en los intestinos provocados por el hilo no fueran excesivos y que sus riñones resistieran la anestesia. El veterinario no parecía demasiado optimista pero nosotros, en medio de aquel shock que nos producía poder perder a nuestro gato-perro, joven y fuerte, por un accidente realmente estúpido, decidimos seguir adelante. Mientras hubiera una posibilidad había que aferrarse a ella.

Gatito recuperandose

El pequeñín apenas un par de días después de ser operado

El final de la historia ya lo he contado más arriba: nuestro gatito, a pesar de que todo estaba en su contra, sobrevivió y apenas una semana después estaba como si nada le hubiera ocurrido.

Para mi ha sido un toque de atención. Un recordatorio de que no hay que dejarse arrastrar por la vorágine del estrés del día a día y que pocas cosas importan más que aquellos a los que queremos. Que por mucho que disfrutemos del trabajo, como es mi caso, no deja de ser trabajo. Ha sido un recordatorio de que hay que priorizar y empezar por nosotros mismos. Que no hay que bajar la guardia, que nunca sabemos si mañana estaremos aquí.

Para los niños ha sido su primer contacto con la muerte. No sé si han terminado de entender el concepto, pero tenían claro que algo muy malo pasaba y cuando iban a operar a su gatito se despidieron pensando que seguramente no volverían a verle más. Ahora miran a los animales con otros ojos, como si hubieran dejado de ser objetos graciosos para darse cuenta de que son seres vivos que sufren y cuyas vidas pueden perderse.

Es la clase de toque que uno no quisiera recibir, al menos no de una manera tan brusca. Pero aunque haya sido de una forma triste, todos hemos aprendido algo: la vida es un hilo.