Llevo tiempo queriendo escribir esta entrada y nunca había encontrado el momento por ser un tema que requería su tiempo, para expresar adecuadamente cuáles son mis sentimientos… Anoche, tras leer este post del blog de Miriam Tirado, titulado El embarazo no es un trámite, pensé que había llegado el momento. Porque cuando quise dejarle un comentario pensé que sí estaba de acuerdo pero no en todo y los matices que tenía que aportar a su escrito no cabían allí y eran más bien objeto de esa entrada que tenía pendiente desde hace tanto.

Miriam explica, y en esa misma línea van los comentarios que ha recibido hasta ahora, que el embarazo no puede verse como un trámite para tener un hijo, sino como un tiempo para llenarse de gestación, para conectarse con una misma, para lo cual es necesario parar… Y esto no siempre resulta del agrado de todo el mundo y no suele ser bien considerado en estos tiempos de prisas.

Con este breve resumen estoy conforme. De hecho, una de las primeras entradas que escribí cuando comencé el blog, y que con la que recuerdo que varias personas discreparon, fue una titulada Embarazadas pasotas. Yo también concibo el embarazo como el inicio de la maternidad, como una etapa fantástica que nos brinda la vida para mirarnos por dentro, comprendernos mejor, acercarnos a nuestra madre, entender qué queremos en la vida… Para mi, la maternidad consciente comienza con el inicio de la vida e implica responsabilizarnos de nuestro bebé aún antes de nacer, informándonos, meditando, decidiendo hacia dónde nos encaminamos. En definitiva, preocupándonos y ocupándonos de la parte física y psicólogica que todo embarazo tiene. Por eso, coincido con Miriam en que me cuesta ponerme en la piel de quien vive el embarazo sin interesarse de gran cosa, dejándose llevar, delegando decisiones en otros… pasando superficialmente, en definitiva.

Hasta aquí bien, pero ahora vienen los matices.

Termina Miriam su post diciendo

Entendamos qué nos impide disfrutar del momento, de un momento que no se repetirá, que es único y que lo más probable es que hayamos buscado. Quizás entendiéndolo podremos empezar a escucharnos y podremos empezar a estar presentes en cada momento, tanto cuando hay velocidad como cuando hay calma.

De mi primer embarazo no disfruté. No sólo no disfruté, lo pasé mal. Mal físicamente y muy mal psicológicamente. No sé cómo lo hubieran pasado otras personas en mi lugar, cada cual asume las situaciones de una forma diferente, pero sobreponerse a la falta de salud y al mismo tiempo a un miedo real y concreto, que no es una invención ni algo altamente improbable sino una posibilidad, miedo a perder la vida o tener graves consecuencias, tanto propios como en los del hijo que gestas, es una circunstancia difícil de asumir, muy especialmente cuando te sobreviene en una etapa de tu vida que esperabas de color de rosa. Supongo que esto lo entendemos todos.

En este segundo embarazo estoy bien. Aunque la lista de achaques pueda parecer larga, estoy estupendamente, quizá porque la comparación con el primero es tan buenísima que difícilmente podría quejarme. Lo vivo con normalidad, he hecho cosas que jamás pensé que pudiera hacer en el anterior hasta el punto de que todavía hoy me asombro de ser capaz… Y, sin embargo, tengo ganas de terminar. Si me preguntan cómo lo llevo, diré lo que la chica del post de Miriam, que se me está haciendo muy largo y que estoy deseando llegar al final. Luego me arrepentiré, lo sé, porque además esta vez sí que creo que será la última… Pero a día de hoy me encantaría estar ya con mi bebé en brazos.

¿Qué me hace tener cierta prisa?. ¿Por qué no puedo, simplemente, darle tiempo al tiempo?.

Supongo que todo se resume de nuevo en la palabra miedo. No un miedo paralizante, ni siquiera un miedo que me impide disfrutar de estos momentos tan hermosos. Pero sí una incertidumbre, un temor a los problemas, la responsabilidad de saberme garante absoluta del bienestar de mi hijo no nacido, la responsabilidad de cuidar del mayor sabiendo lo mucho que me necesita…

No tengo (apenas) los miedos clásicos que suelen tener las embarazadas y esta segunda experiencia está siendo increíblemente más serena que la anterior. Pero no estoy libre al 100% de mis miedos.

¿Pongo ejemplos?. Ya no no se habla de gripe A, pero yo me sigo poniendo mala (nunca mejor dicho) cuando alguien tose o estornuda a mi lado, porque sigue siendo cierto que un virus del aparato respiratorio a mi me puede mandar al hospital, poniendo en riesgo a mi bebé y a mi y creando un grave problema con el cuidado del mayor. No me puedo permitir enfermar, ahora no. Y ese resquemor, por controlado que lo tenga, lo llevaré conmigo hasta el mismo día que termine el embarazo.

¿Otro ejemplo?. Tengo dos cirugías recientes en mi útero. Dos cirugías, no dos cesáreas, sino una cesárea y una extirpación de un mioma de tamaño considerable. Y cada vez está más cerca el momento en que, de la mano de mi ginecólogo y mi familia, tenga que decidir qué opción de parto me parece menos arriesgada y más conveniente para ambos. Una decisión de la que me siento plenamente responsable y que me parece una de las más difíciles que he tenido que tomar en los últimos años puesto que ambas me parecen igual de malas e igual de buenas casi a partes iguales.

¿Sigo?. A veces no noto al bebé. Es normal, totalmente normal, pero no me gusta ni un poquito. El mayor no paraba de moverse, incluso me hacía daño, siempre estaba presente. Este pequeñajo no. Y no me gusta, porque necesito psicológicamente que siempre esté ahí, que me quite esa preocupación. Pero eso es cosa mía, no suya.

¿El embarazo, entonces, es un trámite?. No es un mero trámite, pero para mi sí es un trámite en cierta medida: es el camino que tengo que recorrer para tener a mi bebé conmigo. Y en ese camino hay cosas buenísimas y cosas no tan buenas, cosas que me encantan (y por las que repetiría cien mil veces) y cosas que no me hacen sentir bien (y por las que todas hemos dicho alguna vez: yo no repito).