Continuando con la entrada anterior (los celos: cómo abordarlos) y la fantástica colaboración de Miriam Tirado en ella, quería explicar cómo ha sido hasta ahora nuestra experiencia.

No me gusta la palabra celos, creo que lleva implícita un reproche al niño, como si no debiera sentirlos, y que no define bien el verdadero alcance de la problemática. Me encanta un artículo que leí hace poco en el fantástico blog de Leslie Power, titulada: ¿serán celos al nuev@ herman@?.

Creo que no tiene sentido contar toda la historia pormenorizadamente y desde el principio, porque resumir cada uno de los momentos difíciles y tristes que hemos pasado en estos siete meses ocuparía páginas y páginas y, en definitiva, se resume diciendo que para mi hijo mayor el nacimiento de su hermano supuso un golpe durísimo.

Suelo decir que los 30 meses y 23 días que tenía aquel 25 de abril de 2012 suponían que era demasiado mayor para no darse cuenta de lo que pasaba y el gran cambio que suponía pero demasiado pequeño para encajarlo con la madurez necesaria. De aquellos primerísimos días tengo tres recuerdos en imágenes con un sabor increíblemente agridulce:

– La primera vez que vió a su hermano en el hospital y a mi postrada en una cama sin poder levantarme, el día siguiente al del nacimiento, en una visita muy breve a la clínica donde todo parecía normal pero yo que soy su madre sabía que se había sentido profundamente herido y que aquel beso que le ayudaron a darme le supo a nada.

– La segunda vez que vino a la clínica, el día que me daban el alta, cuando abrió la puerta, me vió y automáticamente se le empañaron los ojos y me dijo mami, te quiero mucho, con la voz entrecortada y llorosa que casi no le salía.

– El berrinche tan grande que tuvo apenas momentos después de entrar aquel día por la puerta de la habitación de la clínica, donde por cierto había ido porque nadie había conseguido que consintiera quedarse en casa de los abuelos y como si le fuera la vida en ello pedía verme. Aquel berrinche en el que todos lloramos y yo supe que mis sospechas eran ciertas: todo su mundo se había derrumbado.

El primer mes y medio fue horrible. Ese niño siempre alegre, optimista, simpático y extrovertido se convirtió en un niño que alternaba la tristeza y la ira. Parecía otro. Se refugió en su padre y algunas veces incluso escuchar mi voz le hacía tener un ataque de ira. Estaba rabioso, muy enfadado, no quería saber nada de mi: que no le hablara, ni le tocara ni me relacionara con él. Pero al mismo tiempo muy dolido y muy triste, porque en su enfado había perdido a su madre, y sin mi no sabía estar. Empezó a hacer cosas que nunca había hecho, como tirar cosas al suelo, o romperlas, o pegar a cualquiera que se cruzara en su camino. Despertarse por las noches a cada momento que Bebé se movía, llorar sin ningún motivo (aparente, claro), dejar de  jugar, buscar evasión en la tele y la tableta mientras se chupaba el dedo sin descanso. Parecía que le habíamos destrozado la vida.

Fueron 4-6 semanas muy difíciles para todos. A partir de ese momento, no sé si por el propio paso del tiempo o porque le dimos el espacio y la calma necesaria para que sacara toda su rabia, mejoró muchísimo. Poco a poco todos habíamos ido encontrando una nueva identidad, su padre había sabido tomar las riendas en un momento en que era increíblemente necesario y su relación se había estrechado.

Suelo decir que a él se le juntó todo. El cambio de los dos años y medio a los tres es un cambio muy grande para cualquier niño: maduración, lenguaje, comprensión del mundo… En su caso (como en el de muchos), dejar los pañales, dejar el biberón, empezar el colegio… Muchas cosas para madurar en muy poco tiempo.

La relación con Bebé siempre ha sido buena. Cada niño lo canaliza de una forma, él estaba indignado con nosotros, sobre todo conmigo. Mucha gente piensa que los celos consisten en intentar putear al hermano de todas las maneras posibles. No digo que eso no pueda suceder, pero hasta el momento no ha sido así. Tampoco es que de primeras se mostrara interesado en él, pero enseguida empezó a prestarse a tirar los pañales a la basura, avisaba si lloraba o comentaba otras cosas sobre él.

Después de aquel bache fuimos saliendo y cada vez estamos mejor. Aparentemente. Porque hay tantas señales que alguien que le conozca sabría interpretar captando su tristeza… Qué duro cuando los que más quieres ya no te prestan atención en exclusiva, cuando vienen los abuelos a casa y también quieren compartir el tiempo con tu hermano, cuando vas por la calle y los que antes te decían algo ahora ni te miran a la cara sino que se dirigen a Bebé…

No soy experta en celos (más aún cuando soy hija única), voy aprendiendo sobre la marcha, pero sospecho que los celos siempre estarán ahí, aun cuando tengan 20 años. Unas veces mejor, unas peor, como en una montaña rusa.

Desde hace unas semanas estamos atravesando de nuevo un momento delicado. Bebé ha espabilado mucho, ya no es un saco de patatas tirado en la cuna o colgadito de mamá. Ahora es un bebé que se sienta en la trona y quiere cogerlo todo, que come pan y algunas cositas, que se sienta en el suelo, que coge y chupa sus juguetes, que se arrastra por el suelo, que reclama los brazos de papá o mamá o de la abuela. Ahora sí es un rival.

Tiene sus ventajas, eso sí: ambos han descubierto que se lo pasan bien juntos, Bebé porque tiene un referente del que aprenderlo todo y con el que partirse de la risa y Mayor porque ha descubierto que Bebé es su mayor fan. Esto da mucho juego y ha creado una relación de adoración – tirria muy típica de hermanos. Así que en casa tenemos a diario escenas que a muchos les sonarán: al mismo tiempo que le busca para que se ría con su última ocurrencia, o le da besitos cuando llora, se empeña en quitarle cualquier cosa que el pequeño alcance o intenta desalojarle de las piernas de su padre en cuanto le está haciendo el caballito.

Hemos tenido momentos tiernos y divertidos, como cuando dice que quiere coger a Bebé y llevárselo al cole e intenta cogerle en brazos o cuando se cabrea porque no dejamos que duerman los dos juntos.

Y hemos tenido dificultades de lo más variopintas. Hacerse pis encima varias veces sin motivo ninguno, y cuando digo pis no digo una gota, digo hacerse pis totalmente y cuando digo sin motivo alguno digo que casualmente ninguno podíamos hacerle caso en ese momento. Tener por unos días terrores nocturnos y pesadillas en las que a veces salía el nombre del hermano. Dejar de comer, esta para preocuparse porque se está quedando en los huesos (más todavía). Llorar por pequeños contratiempos por los que antes no lloraba. Chuparse el dedo cuando había estado a punto de dejarlo hasta llegar a hacerse herida (y aún así seguir chupando).

Como padres, aún sabiendo que es responsabilidad nuestra ejercer de guías y ayudarle a superarlo, a superarlo todos juntos, puedo decir que está siendo duro. Es muy duro saber que la decisión que has tomado ha dañado a tu hijo. Si ya de por si es duro ver sufrir a un hijo, más duro aún es verle sufrir por algo de lo que uno es responsable directo.

Cuando me preguntan qué tal lo llevamos, sobre todo si me lo preguntan padres a punto de pasar por lo mismo, me muestro algo dubitativa porque no puedo mentir y de hecho creo que no debo. No es que no sea fácil, es que es lo más complicado por lo que hemos pasado como padres. He pasado momentos de sentirme una mierda de madre tras haber perdido los papeles y haber hecho cosas que jamás pensé que haría, momentos de sentirme agotada y sin más recursos, momentos de tremendo desánimo (sobre todo con el baby blues que pasé los primeros meses). Pienso que lo que no podemos hacer es negarlo y hacer como si nada, limitándonos a sobrevivir, lo que tenemos que hacer es esforzarnos en encajar las piezas del puzzle. En ello estamos… y tampoco nos está yendo mal.