Antes de quedarme embarazada ya me resultaba evidente que mi cuerpo de 26 años no era el mismo que el de 18. El cansancio, la facilidad de recuperarse tras una mala noche… se nota bastante. En mis buenos tiempos podía dormir 5 horas diarias y al día siguiente estar como una flor, correr de un lado para otro durante toda la jornada para después irme de fiesta y seguir estando bien al día siguiendo habiendo dormido 4 horas a lo sumo. Esto con 26 ya era impensable. 
No sé quién me dijo que el embarazo regenera el cuerpo. Creo que me lo han dicho varias personas y lo he leído en varios sitios, pero me parece una patraña de órdago. No sé si celularmente el cuerpo se regenera o no, lo que tengo clarísimo es que envejece una barbaridad. 
Los primeros meses de postparto estaba yo tan contenta, manteniendo mi súper pelo, mi súper cutis, una nueva talla de sujetador y sin migrañas. ¡Un espejismo!. Ahora que ya ha pasado el efecto hormonal, la realidad no engaña. Me canso con más facilidad, necesito más horas de sueño para reponerme, me duele la espalda en cuanto hago algún mal gesto con el niño en brazos (algo impensable hace años, anda que no he sido yo burra!), me levanto con cara de zombie (olvidémonos de salir a la calle con la cara lavada), me noto la piel de las ojeras mucho más fina y blandita (¡horror!, ¿no se irán a asomar ya las primeras arruguitas?)… En definitiva, me he echado años encima.
No me extraña que más de una no quiera tener hijos por no echar su cuerpo a perder. Yo no me quejo de recuperación, probablemente nadie que no me conociera podría asegurar si he tenido un hijo o no. Pero aunque quizá no sea nada muy evidente, yo lo he notado muchísimo. El esfuerzo tan grande que supone para el cuerpo pasa factura por pequeña que sea.
Quizá influya que yo tuve un mal embarazo, no lo sé, que mi cuerpo tuvo que hacer más esfuerzo del “normal” para que todo fuera bien, pero creo que es impensable volver a sentirse físicamente como una estaba antes del bebé.
Y es curioso porque a pesar de todo el bajón, sacamos fuerzas de donde no las hay. Que ahora que estoy más cansada que nunca es cuando más feliz estoy, más fuerte me late el corazón y menos me importa estar hecha un asco. Esto de la maternidad debe ser dinamita para el cuerpo, pero es un bálsamo para el alma.