El proceso psicológico (no sé muy bien cómo denominarlo) que he experimentado como madre desde que en enero empecé a llevar al niño a atención temprana hasta hoy ha sido curioso. Creo que muchos padres atraviesan una etapa de negación y cabreo; sin embargo en mi caso la evaluación supuso un alivio, teniendo la certeza de que por fin nos pondríamos manos a la obra y que el pronóstico sería bueno. Los primeros meses, no lo negaré, fueron de expectación. Días malos, días peores y algunos días buenos dieron paso a una mejoría evidente que llegó con la primavera y se ha confirmado en verano. Tanto es así que, como no dejo de decir últimamente, si tuviera que pedir ayuda ahora, no la pediría. Lo que cambia la vida en 7 meses.

Cuando en enero nos dieron el volante para neuropediatría en el Niño Jesús y posteriormente nos citaron para principios de junio, no tenía ni idea de lo que iba a pasar. Es más, cuando acudimos a la cita, aún habiendo visto gran mejoría, todavía no las tenía todas conmigo porque el nene seguía sin hacer dos cosas que para mi eran básicas (y su ausencia, preocupante): señalar objetos que se le solicitaba y nombrarlos (¿dónde está la pelota?) y responder a órdenes sencillas (dame la zapatilla).

De esa cita en neuropediatría, de la que salimos cargados hasta las cejas de volantes para hacer pruebas, hace mes y medio escaso. Plazo en el que nos tocaba hacerle dos pruebas que hemos decidido no hacerle.

Por un lado, la otorrina, que aquel día debía estar inspirada y le dió por actuar como psiquiatra infantil experta en atención temprana, debió ver al niño mu mal mu mal a su experto juicio porque le mandó una prueba casi con carácter de urgencia (¡le molestó hasta cuando le dije que nos íbamos de vacaciones!): unos potenciales evocados. Para la prueba el niño tendría que haber ido sin haber dormido apenas la noche anterior (y sin dormirse en el coche de camino) para que pueda quedarse dormido allí. La logística que yo tenía que inventar para esta prueba era de órdago y, simplemente, no podía acudir a la cita el día que me la habían puesto. Pero en el fondo subyacía también la seguridad de que no es que escuche perfectamente, es que tiene el mismo oído fino que tengo yo, lo que convertía semejante berenjenal en algo innecesario. Cuando llamé para cancelarla la telefonista, más o menos amablemente, me echó una buena bronca al grito de “usted verá, señora“, como si yo fuera una loca de remate cuando le dije que no sólo no era urgente la prueba sino que no la consideraba ni necesaria. Sin comentarios…

La otra prueba es una resonancia magnética. Esta mañana llamé al hospital, porque leyendo el consentimiento informado no me quedaba claro qué preparación requería y me dijeron que hay que anestesiarle durante una hora con anestesia general. He cancelado la cita y, al contrario que la otra, la mujer se lo esperaba. ¡No he debido ser la primera!.

No me ha sido fácil tomar la decisión de no hacérsela, pero teniendo claro que creo que el beneficio de cualquier prueba debe ser superior a los riesgos que conlleva, creo que someter a mi hijo a una anestesia es innecesario.Si me la hubieran mandado en enero, se la hubiera hecho sin dudarlo. Ésta y cualquier otra que me hubieran mandado. A día de hoy, que mi hijo está que parece otro y que ahora sí que puedo decir que observo en él un comportamiento bastante normalito, no la encuentro sentido, al menos no mientras haya que anestesiarle a lo bestia para hacérsela.

Siempre he dicho que quiero llegar hasta el fondo del asunto y sigo pensándolo. Pero también tengo mi criterio y creo que obro (obramos, mi marido y yo) como es mejor para nuestro hijo. Obviamente, también ha influido el diagnóstico del psiquiatra infantil (que consideró que el niño estaba perfectamente) aunque no solamente eso. No seremos médicos, pero somos observadores y, además, creo que muy objetivos.

Nos quedan otras pruebas, por ejemplo, análisis genéticos, que sí que le haremos y a finales de noviembre, cuando volvamos a la revisión, tengo la ilusión de haber cerrado esta etapa tan extraña de nuestras vidas. Como hablaba ayer con mi madre, soy consciente de que en neuropediatría están en su derecho de protestar porque no le hayamos hecho una o más pruebas, pero creo que nuestro criterio no es malo y no han sido decisiones tomadas a la ligera. En cualquier caso, las pruebas siempre se pueden hacer en un futuro si fueran necesarias. Lo cierto es que uno nunca sabe si obra bien o mal hasta que no van pasando los acontecimientos, por lo que en un momento dado no queda otra que tomar una decisión y apechugar con ella.