Hay muchas razones para no tener expectativas ante ningún acontecimiento vital, por más que, casi siempre, sea inevitable. Una de ellas, creo yo, es que aunque tengamos una experiencia previa, nada nos puede asegurar que se repetirá punto por punto lo que ya conocemos. Y esto se pone totalmente de manifiesto durante el embarazo y el puerperio, dos momentos en los que dependemos de muchos factores, la mayoría incontrolables.

Tras un embarazo de pena, tener al Mayor entre mis brazos desencadenó una alegría postparto incontenible, casi rozando la euforia. Repetir aquello era mucho pedir; en todo momento he sido consciente de que volver a sentir esa fuerza tan grande, esa energía, esa felicidad sin límites, iba a ser complicado. No albergar esa expectativa, ser realista sobre lo que se podía esperar, me está ayudando en estos momentos a afrontar un postparto totalmente diferente. Doy gracias de haber conservado la cordura, porque tras un embarazo tan bueno podía haberme dejado de llevar por la ilusión de una maternidad de color rosa.

No considero que esté pasando una depresión postparto, ni muchísimo menos, pero en esta ocasión sí que me encuentro tristona, decaída, cansada, poco optimista, melancólica…

Intervienen muchos factores, empezando por el hormonal, que me tiene al borde del llanto de manera constante desde el tercer día del nacimiento. Le siguen el sentirme feísima y tripona, el haber estado muchos días encerrada por el mal tiempo para a continuación pasar a un calor sofocante, la habitual falta de sueño…

Pero quizá el hecho más determinante sea lo mal que ha encajado el Mayor la llegada de su hermano y lo difícil que está resultando para todos. No he tenido ocasión de disfrutar de Bebé, ni de la alegría de tener en brazos al fruto del amor con mi pareja (por cursi que pueda sonar) porque el Mayor no nos ha dado opción. Los sentimientos de culpa, de ¿qué hemos hecho?, de ¿ahora cómo solucionamos ésto? son una constante.

Sé que esto forma parte del puerperio y que pasará; igual que la euforía fue pasando, la tristeza postparto también lo hará. Sé lo que tengo que hacer (básicamente lo de siempre: dejar fluir) pero… hay que pasarlo…