Celebrar los dos años de Bebé supone celebrar muchas cosas importantes, entre ellas, dos años de lactancia materna.

Últimamente cuando comento, sobre todo a pie de calle, que todavía le doy el pecho a Bebé, mucha gente me felicita como si fuera una proeza. Es verdad que debemos formar parte de un porcentaje muy pequeño de la población pero, al menos en nuestro caso, no tiene nada de extraordinario.

Lo nuestro no tiene misterio ninguno. Lo único que hemos hecho para llegar hasta aquí ha sido dejar fluir la lactancia, sin más. Tuvimos un arranque algo complicado (como tantas y tantas lactancias), luego una etapa de perlas de leche y mastitis un poco puñetera, incluso una huelga de lactancia, pero a partir de ahí fue todo como la seda y casi sin darnos cuenta han ido pasando los meses hasta llegar a los dos años.

Aunque ahora, al menos yo, estoy en una etapa de la lactancia algo ingrata, sin duda alguna puedo decir que la lactancia materna ha sido la experiencia personal más increíble de mi vida. Ya no son muchos los momentos de lactar sosegadamente, es cierto, pero sigue siendo un momento de conexión y amor difícil de describir, unido a la practicidad de uso y todos los beneficios que en nosotros mismos hemos comprobado que tiene.

De forma paulatina Bebé ha ido variando su manera de lactar; como es lógico, nuestra lactancia ha ido evolucionando con su edad. Los momentos de profunda intimidad y mirarnos a los ojos ya no son tan frecuentes pero a cambio tenemos otros momentos divertidísimos como cuando habla al mismo tiempo que mama, o cuando le da besos a la teta con auténtica devoción, cuando me dice que le gusta mucho, cuando habla con ella como si tuviera personalidad propia, o cuando se la ofrece a su padre o a su hermano en gesto de generosidad. Son momentos para derretirse de amor.

Sin embargo, aunque él esté encantado como siempre, yo siento que no estoy en el mejor momento de nuestra lactancia. Cuando Bebé está conmigo lo normal es que esté todo el rato dando pequeños chupitos, o sintonizándome una tetilla, o tirándome de la ropa, o todo a la vez. No está en una edad en la que entienda un “luego cuando lleguemos a casa” o un “espérate que termine de hacer la cena“. Pide la teta constántemente y con urgencia para luego apenas dar dos chupitos y volver a los pocos minutos a por lo mismo. De hecho, el chupito lo pega mientras hace contorsionismos en todas direcciones o se escurre de mis brazos para ponerse de pie (todo ello sin soltar, por supuesto). Muchas veces es agobiante, para qué negarlo.

Algunas veces, cuando Bebé tiene un día de tetadicción total, me siento un poco sola. No es un tema para irlo compartiendo por ahí, ¿con quién podría? Comentarlo a pie de calle, en la mayoría de los casos, sólo daría pie a los típicos comentarios tan agradables que a veces escuchamos cuando hacemos lactancia prolongada. De hecho, con adicción o sin ella, para la mayor parte del entorno más cercano hace tiempo que pasamos la frontera de lo que alcanzan a comprender. Que si te usa de chupete, que si va no dormirá hasta que le quites la teta, que si va a mamar hasta que tenga novia, que si tienes tu la culpa de que esté tan enganchado… Algunas, por desgracia, ya sabéis a qué me refiero.

Se que muchas de vosotras que dais el pecho a niños de esta edad o mayores habéis pasado lo que comento o lo estáis pasando ahora mismo. Si os apetece compartirlo conmigo, me encantaría poder charlar sobre el tema.

Foto | Mothering Touch en Flickr CC