Comencé a escribir este blog en esta franja horaria en la que hoy publico: entre las doce y las dos de la madrugada. El motivo principal es que por aquel entonces Mayor, que estaba a puntito de cumplir los tres meses de vida, solía despertarse en torno a esa hora para realizar una toma y a continuación dormir un buen tirón casi hasta la mañana siguiente. Siempre he sido muy nocturna, incapaz de acostarme temprano, si a eso le sumábamos que dormir un corto rato para despertarme enseguida me parecía horrible, cogí el hábito de escribir a estas horas.

Ahora mismo no sé muy bien qué hacer. Bebé ha cogido la (curiosa) costumbre de quedarse frito sobre las 22h en el salón, tumbado en su hamaca, en pleno bullicio de cena, programas de la tele, hermano mayor aporreando juguetes mientras los guarda, lavadora y secadora de fondo… Y ahí se queda frito hasta las 01h, más o menos. A veces le traslado a la cuna al poco de dormirse, con más o menos éxito, y ahí me quedo con él, pero conseguir que el mayor se duerma también “pronto” y poder dormir yo un rato que merezca la pena, casi nunca sucede. Nunca llego a plantearme qué hacer antes de las doce, que es cuando por fin se hace el silencio en mi casa.

Y es entonces, como ya me pasara hace dos años, cuando me pregunto si merece la pena intentar dormir, con suerte, una hora, o esperar a la siguiente toma y aprovechar ese rato para hacer todo lo pendiente durante el día. Porque no sé si sólo me pasa a mi, pero dormir tan poco rato y luego despertar, me resulta una tortura. Claro, luego me pueden dar las tres de la mañana fácilmente sin haber dormido todavía ni un minuto y con la fiesta que tenemos aquí cada noche, con despertares cada hora y media o dos horas, tampoco resulta una gran idea. Pero es que la combinación perfecta, con un bebé de siete semanas, me da a mi que no existe.