Resulta que ayer fue el día de la mujer (trabajadora). Si no me lo llegan a decir en un comentario, ni me entero, por cierto…entre que no veo el telediario y que el periódico online lo miro a toda pastilla, me entero sólo de lo básico.
Total, lo mismo da, porque el día de la mujer (trabajadora, insisto) es un día que me cae un poco mal. En primer lugar, porque mientras sigamos celebrando este día seguirá existiendo desigualdad en el mundo aunque, por otro lado, me cansa mucho el discursito de que la mujer tiene que ser igual que el hombre cuando es más que evidente que nunca podrá serlo y, por cierto, ¡ni falta que hace!. Por otro lado, quizá el más importante, es que se han vuelto tanto las tornas en las últimas décadas que hoy día parece que una mujer que no es trabajadora es una vulgar maruja (aspirante opcional a coneja, en función de los hijos que tenga).
No me invento nada, no hay más que pulsar la opinión de la calle para darse cuenta de cómo está el patio. El éxito social se mide por el éxito laboral (y económico) y, si eres mujer, por tu capacidad para ser una super-woman. No necesito ir muy lejos: mi propia madre es una abanderada de las más ultras de la mujer trabajadora, que ha tenido la desgracia de tener una hija que opina todo lo contrario.
Yo, como mujer, reivindico mi derecho a sentirme realizada con lo que a mi me de la gana, que en mi caso concreto es con mi familia. Para sentirme llena y feliz no necesito ningún trabajo. Y no por ello soy una zopenca: “tengo estudios” (jajaja…), tengo intereses culturales, muchos hobbies, muchas ideas y mi conversación no se centra en el precio del lenguado o del pollo de corral.
Que no, que yo no quiero trabajar, que a mi me gustaría vivir en una sociedad donde tener una familia fuera lo más normal del mundo, donde no fuera necesario que los dos miembros de la pareja trabajaran como borricos en trabajos de mierda para poder llegar, “malamente”, a fin de mes. Que yo quiero criar a mis hijos personalmente, que quiero sentarme con ellos a charlar, a hacer los deberes, llevarles a sus actividades, a sus fiestas infantiles, a la piscina y no quiero que me sustituya nadie en esa tarea. Quiero poder dedicar una mañana entera a hacer una tarta con veinte capas o llevarle a un museo un martes o echar un vistazo al día sin IVA de Media Markt (¡que siempre cae en lunes!).
En fin, que yo no entiendo qué logro es ese de la mujer que ahora se ve obligada a trabajar con una jornada imposible por mil euros o menos (¿por qué nadie habla de todas esas personas que estamos por debajo de ese importe?), amenazada en su puesto de trabajo si quiere ser madre, haciendo malabarismos para conciliarlo todo (conciliación, qué palabra tan inútil)  porque lo contrario es ser una floja, una blandita, una sentimental.
Y estoy cansada de tener que decirlo muy bajito: no, si yo no quiero volver a trabajar, yo quiero ser ama de casa y cuidar de mi familia para que no me miren por encima del hombro o directamente me digan que estoy loca por haber tirado mi carrera profesional por la borda. 
Lo dicho, que por mi se pueden meter el famoso día por dónde les quepa.