El puente del Día del Padre fue estupendo, pero estamos a martes y yo sigo cansada. 
Uno de los cambios importantes que he notado al tener a mi bebé es que el tiempo cunde muchísimo menos, (sobre todo cuando estoy a solas con él) por lo que al final los asuntos pendientes se van acumulando. Si a esto le unimos que mi marido se lleva el coche al trabajo y que yo vivo en una zona que lo hace necesario para ir a cualquier parte (el transporte público con un carrito de niño no me parece una opción), ya tenemos el desastre asegurado.
Llega el fin de semana y siempre tengo un debate interno, sobre si deberíamos descansar y relajarnos o “hacer las cosas que tenemos que hacer”. En realidad, cosas muy simples, pero hay que encontrarles un hueco: ir a la peluquería, llenar la nevera, comprarle ropa al niño (que ahora ha metido el turbo y se le está quedando todo pequeño a una velocidad pasmosa), ver a la familia, ordenar los armarios, lavar el coche, arreglar papeleo, etc. 
Como el tiempo no ha acompañado en estos últimos meses, casi siempre hemos elegido la opción de quedarnos en casa, descansar, contribuyendo, lógicamente, a engrosar la lista de tareas por realizar.
Hasta que llega un punto en el que no tienes más remedio que decidirte: la nevera vacía, el niño con unas camisetas manga 3/4, unas greñas de impresión, la minicuna todavía sin desmontar y embalar… Así que este puente no había excusa posible y no hemos parado un minuto. 
No sé cómo estará mi marido, pero yo tengo agujetas hasta en la punta de las pestañas, sueño acumulado y un bajón físico importante. Me atrevería a decir que mi hijo comparte mi galbana porque el domingo por la tarde se lo pasó entero durmiendo y casi empalmó con la noche y sus famosas 11 horas del tirón, lo cual me hace pensar que estos tres días han sido una paliza incluso para él.
Eso sí, contrarresto el cansancio pensando que nos ha cundido bastante y, por lo tanto, tendremos menos “deberes” para Semana Santa…Aunque alguno que otro tenemos, ¡qué cruz!.