A mediados de septiembre atravesé unas semanas durísimas en cuanto al sueño de Bebé. Probablemente tuvimos un bache de lactancia y esto unido a que su forma de dormir es despertarse constantemente para mamar y comprobar que mamá sigue cerca, fue una combinación fatal: despertares cada 20-40 minutos durante toda la primera mitad de la noche y después cada 1h 30 min hasta el amanecer me llevaron al borde de la desesperación.

Tanto es así que un viernes me agaché a lavarle las manos a Mayor y me dió un tabardillo de los buenos. De pronto me fui a negro, sentía que me desmayaba, me tamblaban las manos, no podía respirar y el corazón se me puso a 1.000 por hora. Como pude me arrastre hasta la cama y le metí la teta en la boca al pequeño para que no llorara mientras el Mayor corría al baño a por algodones para curar las pupitas a mamá (a ver si le enseño a llamar a una ambulancia, casi mejor). Si no llamé al 112 fue porque no tenía el teléfono a mano y me daba todo vueltas. No paraba de pensar qué pasaría si me desmayaba o me daba un infarto (pues tenía el corazón increíblemente desbocado) y se quedaban los dos niños solos en casa hasta la noche o hasta que alguien me llamara y le extrañara que no cogiera el teléfono.

En fin, que pedí cita con la pediatra básicamente para desahogarme y explicarle lo ocurrido. Hablamos largo y tendido. Barajamos la posibilidad de introducir tempranamente los cereales pero… tanto desde el punto de vista médico como desde mi conocimiento del niño, con el corazón en la mano, no nos cabía ninguna duda de que el problema del niño no era el hambre y que los cereales no iban a solucionar nada.

Algo había que hacer. Mi agotamiento no podía esperar.

La idea del colecho se me hacía muy cuesta arriba por dos motivos:

Porque ni Bebé ni yo somos muy hábiles en esto de mamar de lado y no lo disfrutamos demasiado.

Porque me daba un poco de miedín meter a un bebé tan pequeño entre dos adultos. No es lo mismo Mayor que entró en nuestra cama con 14-15 meses que Bebé, que estaba próximo a cumplir los 5 meses.

Pero decidí probar porque, como digo, o dormía más y mejor o mi cansancio iba a terminar suponiendo un peligro para todos.

Y no nos ha ido mal. El primer tramo de la noche ha mejorado, no se despierta tantísimas veces. El resto de la noche sigue despertándose cada 2-3 horas, pero como yo enseguida me doy cuenta, el tetazo es inmediato. Muchas noches nada más sentir el pecho en sus labios se queda frito. Y otras veces está mamando rato y rato y rato, he llegado a anotar dos horas seguidas. Pero lo bueno es que yo puedo dormir mientras le doy. No es un sueño profundo porque soy consciente de que está mamando, pero es sueño al fin y al cabo.

¿Estoy mejor? Sí, estoy bastante mejor. Francamente, a esto no se le puede llamar dormir bien, para qué voy a decir otra cosa. Pero es que a lo anterior no se le podía llamar ni siquiera dormir.

Así que tras un mes de soledad, en nuestra cama volvemos a ser tres, está vez con el pequeñín de la familia.