Un ratito cualquiera de un fin de semana cualquiera. El peque y su padre se van a dar una vueltecilla y yo aprovecho para hacer ese millón de cosas que siempre tengo pendientes y nunca hago.

Antes de que salgan por la puerta ya estoy haciendo planes para tardar menos y que me cunda más. Depilarme. Preparar una comida/cena rica, que estoy harta de comer siempre lo mismo cocinado a toda prisa. Remendar esos calcetines que tengo ahí esperando desde hace meses. Escribir una entrada. O mejor dos y así tengo una guardada para un día que vaya con prisas. Contestar e-mails. Leer las chorrocientas entradas que tengo pendientes en Reader desde hace diez días. Terminar el album del bebé de mi hijo antes de que alcance la mayoría de edad. ¡Qué se yo!, tantas cosas…

Salen por la puerta. Echo a correr, literalmente. Venga, va, rapidito, que me tiene que cundir.

Empiezo por el ordenador, que es lo más urgente. Vale, no tengo inspiración, lo dejamos para lo último. Espera, si yo tenía que pedir cita con el médico y llamar a nosedónde. ¡Ay, la lavadora ya ha terminado, voy a meterla en la secadora!. A la que vuelvo de la cocina, Cesar Millán está tratando un caso de un perrito súper interesante, me siento a verlo… Y ahí es donde me atoro. Me pongo nerviosa, me entran las prisas, las neuronas se me colpasan, sufro pensando que vuelvan y me pillen con una pierna depilada y la otra en trámites.

En fin, que cuando me quiero dar cuenta, oigo las llaves en la puerta. Y no he hecho ¡NADA!.