A estas alturas está claro que el mes de agosto está siendo un mes muy raro para mi. Siento que estoy cerrando una etapa y aunque intento no pensar en ello para disfrutar al máximo los días que quedan, no puedo quitármelo de la cabeza. Y estoy sintiendo un cúmulo de sensaciones muy dispares.
Por un lado, estoy en el mejor momento de mi vida. Me siento feliz, me siento llena y, lo que es más importante, me siento fuerte. Yo, que he sido el colmo de la indecisión y he tenido mi autoestima por los suelos, por fin he encontrado mi sitio en el mundo y tengo claro que nada va a apartarme de mi camino.  ¡Qué gran crecimiento personal!. Aunque sigo siendo hiper sensible (uno de mis grandes defectos, sin duda), los disgustos me duran mucho menos, le doy menos vueltas a las cosas porque cada vez tengo más claro que es inútil preocuparse de lo que uno no puede cambiar. Claro que sigo cogiéndome mis cabreos por las cosas que me ocurren pero ahora lo veo de otra manera. Me siento tan bien con mi familia de tres (bueno, de seis contando los bichos) que los demás me la traen al pairo. 
Es verdad que esto de ver Matrix me ha convertido en una persona cada vez más rara. Rara por las cosas que digo y rara porque me aislo bastante en cuanto huelo el menor atisbo de confrontación. Estoy en fase zen, se podría decir, no tengo ganas de discutir, así que cuando intuyo que alguien va a comportarse o a decir algo que me va a cabrear, procuro largarme, alejarme o, al menos, que me entre por un oído y me salga por otro. Y como me siento fuerte, cuando alguien busca que le responda, le digo lo que pienso, lo más educada y calmadamente posible y aguanto las caras y los gestos de qué rarita es esta chica sin que me entre esa ansiedad que me daba antes por sentirme tan diferente. Me siento más equilibrada.
Sin embargo, el saber que vamos a comenzar una nueva etapa me hace estar nerviosa. La guardería, mi vuelta al mierdacurro (con malas expectativas, además), muchos proyectos personales que estoy dispuesta a realizar sea como sea, los cambios que experimentará mi hijo durante su segundo (y próximo) año de vida y la idea de un futurible segundo embarazo (idea que, no nos engañemos, ha sobrevolado mi mente desde que di a luz)… ¡muchas cosas en la cabeza!.
Era de esperar que esto me pasara factura en la salud. La migraña interminable es un claro ejemplo, pero también el súper brote de acné que tengo, las pesadillas por las noches, contracturas musculares varias y un inoportuno resfriado que ayer hizo su aparición. Si tuviera que fijarme un proyecto psicológico a corto plazo este sería, sin lugar a dudas, dejar de somatizar todas las cosas que me suceden.
En definitiva: estoy pensativa y un poco cansada, sí, pero estoy muy muy bien. ¡Y satisfecha de estarlo!.