Uno de mis grandes problemas es ser hipersensible. Me importa muchísimo lo que opina la gente de mi y siempre me quedo con mal sabor de boca cuando intuyo que algo les ha molestado. No me gusta estar peleada con nadie y no es raro que busque la reconciliación con gente que se ha portado mal conmigo (hasta que vuelven a pegarme la puñalada, claro). Además, tengo una gran empatía hacia los problemas ajenos y termino haciéndolos míos. Tengo mucha sensibilidad para captar los estados de ánimo de los demás, así que enseguida noto si algo no les gusta o les molesta.
He intentado mejorar este rasgo de mi carácter, con escasos resultados. Ojalá pudiera cambiar un poquito, sólo un poquito, pues estoy segura de que me haría mucho más feliz. Me produce ansiedad tratar de contentar a todo el mundo y, al mismo tiempo, hacer lo que siento que tengo que hacer y decir lo que realmente pienso.
Desde que mi hijo está en este mundo, esas situaciones incómodas se han multiplicado. Porque es difícil contentar a todo el mundo que quiere ver al niño, que quieren manosearlo, que quieren atenderle de una forma que no es la que yo concibo para la educación y cuidado de mi hijo.
Siempre estoy con la sensación de que cuando contento a unos disgusto a otros. Y en muchas ocasiones tengo la impresión de que a la gente, en su egoísmo, le importa muy poco los que quedamos en medio.
Hay algo que me preocupa especialmente: mis padres. Viven relativamente cerca, a unos 40 km, pero trabajan los dos. A esto hay que sumarle el hecho de que entre semana el tráfico en Madrid es totalmente infernal, por lo que sus visitas se limitan a los fines de semana. Siempre me siento mal porque no puedan ver más al niño, y ellos no se cortan en hacerme sentir culpable. Desde que me vine a vivir a Madrid, parece que tengo que estar siempre excusándome por “haberme ido lejos” y defendiendo que me gusta vivir donde vivo.
Muchos días, después de que se vayan, me quedo con muy mal sabor de boca. Muy triste.
Y ya ni os cuento los días en que, ya es mala suerte, coinciden en mi casa mis padres y mi familia política (que se presentan sin avisar en el momento más inoportuno). Entonces sí que lo paso realmente mal. Porque mis padres se encuentran incómodos y no pueden disfrutar del niño igual que si estuvieran a solas. Y porque los otros son muy egoístas y no les importa absolutamente nada si molestan o no, pero, a la vez, me ven la cara de circunstancias y, en lugar de comprenderme, me miran con cierta cara de reproche, como si yo tuviera que estar feliz porque conviertan mi casa en el c* de la Bernarda.
Nadie es perfecto. Trato de hacer estos encajes de bolillos lo mejor que puedo para que todo el mundo esté contento. ¡¡¡Pero hay que ver qué complicado resulta!!!.