Es curioso como una cosa tan simple en teoría, como es desprenderme de mi primer y único coche, el que me ha acompañado fielmente en estos últimos diez años, me está removiendo tanto. No dejo de pensar en cómo era mi vida cuando lo estrené, como ha ido evolucionando y cómo he llegado hasta aquí.
Me lo entregaron en junio de 2001. Estaba terminando primero de carrera y por aquel entonces todavía creía que podría combinar perfectamente mis dos aspiraciones vitales: ser abogada civilista y tener una familia siendo joven. En aquella época estaba embarrada en una relación sentimental que arrastraba desde los 17 y no veía forma de acabar con ella, mi futuro familiar lo veía muy lejano y tenía serias dudas de si sería con esa persona que tanto mal me hacía.
Fueron pasando los años. Puse punto final a esa relación, con mucho sufrimiento por desgracia, y espabilé muchísimo. Tuve unos meses de frenesí en los que crecí mucho como persona: descubrí lo que quería y lo que no, lo que estaba dispuesta a tolerar, lo que esperaba de una pareja. Y fui avanzando en mi carrera para darme cuenta de que nada era tan bonito como pintaba.
Cuando estaba casi acabándola conocí a mi marido. A esas alturas ya había descubierto que nunca llegaría a ejercer, pero todavía me lo ocultaba. Yo era una estudiante de matrícula y mi futuro era muy prometedor, difícilmente podía apartarme de ese camino. En esa época me imaginaba mi vida en los próximos años y había una dicotomía increíble entre lo que yo quería y lo que creía que iba a suceder:
Yo quería formar una familia siendo joven y dedicarme en cuerpo y alma a mis hijos y a mi marido.  Teniendo esto como prioridad, si podía ser compatible con mi profesión, bien; si no, también bien.
Pero creía que nunca tendría valor para llevarlo a cabo. Creía que seguiría la corriente y encontraría un buen trabajo al que me dedicaría en cuerpo y alma porque es lo que debía hacer y me vería abocada a tener una maternidad tardía y a no ver crecer a mis hijos todo lo que me gustaría.
Estudié un master y encontré el súper trabajo. Podría haberme ido estupendamente y todo el mundo se hubiera congratulado de que yo hubiera seguido ¿mi? camino, pero no hubo forma. Es como si se abriera un abismo a mis pies: o tomaba las riendas de mi vida y hacía lo que yo realmente quería hacer o sería una profesional de éxito con un sueldazo y todo lo demás pero una auténtica amargada. No tuvo mérito que me largara de allí, no fue un acto de valentía, fue un hasta aquí hemos llegado.
Aún así, lo que me esperaba no era mucho mejor. Empecé a encadenar trabajos basura, de no pocas horas de dedicación. No me atrevía a tener hijos sin tener un trabajo estable porque eso sería darle la puntilla a todos los que tanto esperaban de mi. Realmente no lo hacía tanto por dinero como por ser aceptada por los demás. Casi me alegraba de no haber conseguido quedarme embarazada hasta la fecha, porque así nadie podría poner el grito en el cielo por cometer tantas locuras.
Hasta que las señoras depresión y ansiedad vinieron a visitarme y le vi las orejas al lobo nuevamente. Cuando me recuperé, busqué un trabajo cerca de casa, con un horario más o menos decente y teniendo claro que en cuanto tuviera a mi hijo reduciría radicalmente mi jornada. Curiosamente fue en ese momento cuando conseguí embarazarme.
El resto ya lo he contado casi en directo aquí. Tuve un malísimo embarazo (de baja desde la semana 16), sumé una excedencia a la baja de maternidad y finalmente pacté con mi empresa un despido bien indemnizado. Ciertamente la decisión de dejar de trabajar definitivamente no fue nada fácil, cuando pedí la excedencia estaba postergando la decisión y realmente no sé cuánto tiempo hubiera aguantado trabajando con jornada reducida (si me hubiera incorporado) hasta marcharme yo por mi propio pie…  La decisión no era fácil. Cuando cuento que mi empresa me ofreció el despido siempre añado que “me vino Dios a ver” porque es cierto, me dieron el empujoncito que me hacía falta, me lo pusieron en bandeja.
Miro atrás y me sorprende haber conseguido estar exáctamente donde quería estar. Me sorprende porque nunca pensé que podría enfrentarme, sobre todo, a la desaprobación de mis padres, o a lo mal considerada que está hoy en día una mujer que no trabaja. Me preocupaba más lo duro que es sentirse sola e incomprendida que la parte económica y, sin embargo, es lo que mejor he llevado una vez tomada la decisión. Curiosamente, encauzar mi vida a mi manera, aunque fuera contra corriente, ha sido lo que más felicidad me ha propiciado.
¡Me alegra tanto haber conseguido llegar hasta aquí!.