Aunque durante el embarazo buscaba por Internet, casi de forma obsesiva, cualquier información médica sobre la gestación, mis síntomas, el desarrollo del niño y todos estos temas, no tuve valor para ver ningún vídeo de una cesárea. Sé que existen y es probable que hasta estén colgados en YouTube. Pero creo que hice bien en no verlos.
Mi cesárea fue programada. En otra ocasión hablaré de los motivos, que darán, seguramente, para varias entradas. Mi ginecólogo me dió a elegir entre el día 30 de septiembre o el día 2 de octubre. Como no me gusta septiembre y además el día 2 de octubre me parecía una fecha preciosa, además de ser viernes, elegí ese día.
Como he dicho ya en alguna ocasión, confío en mi ginecólogo un 200%. Y os aseguro que es muy importante confiar en tu médico para un tema tan importante como es el seguimiento del embarazo y posteriormente el alumbramiento. No soy de esas mujeres que tienen dudas acerca de si su cesárea fue o no necesaria. La decisión la tomamos conjuntamente mi marido y yo con el ginecólogo y desde el convencimiento total y absoluto de que yo no podía pasar por un parto vaginal. Así que mis nervios no provenían de la duda sobre si realmente era el mejor medio de traer a mi hijo al mundo. Un quebradero de cabeza que me ahorré!!.
Ingresé el viernes 2 de octubre a las 8 de la mañana, aunque mi marido y mis padres estábamos allí desde menos cuarto. Me llevaron a mi habitación y casi no me dió tiempo a deshacer la maleta, porque enseguida vinieron dos enfermeras (supongo que eran enfermeras, vaya) a tomarme unos cuantos datos: fecha de la última regla, recoger algunos papeles… y a ponerme un enema.
Para el enema mi familia esperó fuera. Aunque no esperaron mucho porque fui incapaz de aguantarlo ni 5 minutos. Pero con mis nervios no tenía ganas de tener testigos en un momento así!.
Me pusieron las correas y estuvimos un buen rato con los latidos de mi hijo sonando de fondo. Para mi padre fue la primera y única vez que escuchó esos latidos y toda una novedad; mi madre no recuerda que eso se hiciera en la época en que yo nací.
Vino una matrona que me hizo un tacto. Me colocaron una vía y un suero.
Yo llevaba varias semanas con contracciones frecuentes y que en ocasiones entraban en dinámica. La matrona me confirmó que tenía el cuello del útero borrado al 70% y dilatado unos 2 centímetros.
Curiosamente, en el rato que estuve allí con el suero empecé a tener más contracciones y más seguidas, algo que achaqué a los nervios. Pero 15 minutos más tarde volvió la matrona: resultaba que se había pensado que lo mío era una inducción al parto y eso que me acababan de poner era oxitocina, para acelerarlo. ¡¡Menos mal que se dió cuenta!!!.
Pasaron también a comprobar si me había yo rasurado en mi casa o tenían que hacérmelo ellas. Y al poco rato llegó mi ginecólogo para comentarme que en un rato se me llevaban.
Aunque no me marché de la habitación hasta las 10.15, esas dos horas que estuve en la habitación se hicieron bastante cortas porque no paraba de entrar y salir gente. Y aunque yo estaba muy nerviosa, lo llevaba bien. Porque el embarazo me dió una cierta pachorra, que no he tenido nunca, ni antes ni después.
A las 10.15 vino un celador y me dijo que si podía ir andando nos íbamos andando. Así que allí me fuí con el, con mi camisón y mi bata puestos.
Yo iba ya como el que va al paredón. Cuando entré en la zona de los pasillos con azulejos y en colores verdosos me empecé a poner mala pero mala de verdad. Yo creo que el celador ya lo iba notando, porque yo cada vez iba más despacio y más rezagada.
Hasta que llegamos a la puerta del quirófano y allí me quedé clavada. Creo que dije “¡Dios!”, porque oí que los de dentro dijeron “bueno, que no nos comemos a nadie!!”. Recuerdo que el celador, majo de verdad, me tuvo que empujar hacia dentro para desencajarme del umbral. Estuve a punto de decir: “gracias por todo, pero acabo de pensármelo mejor y ya volveré si eso en otro momento”. Pero no podía articular palabra. ¡¡Tenía un canguis encima realmente horrible!!!.
Como pude, me arrastré hasta la camilla. Me senté con todo el cuerpo temblando y a punto de llorar. Encima la enfermera que se me colocó delante me dijo que me tenía que quitar el camisón y ponerme inclinada hacia delante, como curvando la espalda, mientras ella me agarraba, como abrazándome. En ese momento, quedarme en pelotas delante de las 7 ú 8 personas que estaba allí me dió completamente igual, sólo quería que pasara cuanto antes.
El anestesista se colocó delante y se presentó. Fue el profesional que más caso me hizo durante la operación, se porto conmigo francamente bien porque desde ese momento hasta que todo terminó no dejó de hablar ni un sólo segundo. Me comentó que muchas mujeres se ponían muy malas al ponerles la epidural por los cambios que se producen en el cuerpo pero que si a mi me pasaba eso que no me preocupara porque él sabía que hacer y sólo iba a durar un instante.
Me dijo que me tenía que estar muy quieta para que me pusieran la epidural. Siento decir que no lo cumplí. Aquello dolía, no sé si la aguja o el líquido, pero aquello dolía bastante y, además, yo tenía unos “espamos” por los nervios que casi no podía contener. No sé cómo el hombre acertó porque cada vez que notaba que me tocaban pegaba un botecillo. Le dije a la enfermera que lo sentía pero que no me podía contener, que el cuerpo me iba sólo, no sé si os lo podeis imaginar.
Enseguida me ayudaron a ponerme bocarriba. Me ayudaron porque el efecto de la anestesia fue inmediato y en apenas unos segundos ya no podía levantar las piernas. Le comenté al anestesista que me daba mucho miedo ponerme bocarriba porque durante más de la mitad del embarazo no había podido hacerlo porque se me cortaba la circulación y me mareaba hasta desmayarme. El me dijo que no me preocupara, que estaba todo controlado.
Con lo de la epidural no se equivocaba. Nada más ponérmela, cuando todavía me estaban instalando bocarriba en la camilla, me empecé a sentir horriblemente mal. Una sensación parecida al desmayo pero no exactamente igual. Empecé a tener arcadas. El anestesista me colocó un trapo y me giró la cabeza, “para que puedas vomitar tranquilamente”. Yo pensé, “uy, sí, tan tranquilamente, aquí en pelotas, con el cuerpo como un trapo, mi hijo a punto de salir y yo, tranquilamente, echando la vomitona!!!”.
Fueron unos minutos realmente angustiosos. Yo sabía que aquello era normal, el anestesista me lo acaba de decir, y que no iba a durar mucho. Además, ¿qué me podía pasar allí rodeada de médicos?. ¡Pero la sensación era horrible y era lo que le faltaban a mis nervios!.
Se que algo me puso en la vía. Al cabo de unos 3 ó 4 minutos empecé a sentirme mucho mejor y también más relajada. ¡Lo que hubiera dado por un orfidal antes de bajar al quirófano!.
Comprobaron que ya no sentía nada de pecho para abajo y me sujetaron los brazos, que tenía extendidos como si estuviera en una cruz. Me pusieron la sonda en la vegiga y a continuación entraron mi ginecólogo y un cirujano (bueno, creo que era un cirujano, porque no me enteré de la mitad de lo que me decían), me saludaron y me dijeron que se iban a poner “a ello”.
Yo me quedé con la cabeza ladeada hacia el lado izquierdo, como me la había colocado el anestesista. Aunque me habían puesto una sábana delante para que no viera nada, yo no quería mirar al frente. Me quedé mirando todo el rato a un aparato que indicaba unos números que no tengo ni idea de lo que eran y el aparatito de mi tensión. También veía una mesa muy grande llena de productos médicos, que tampoco sé qué eran.
La anécdota del día es que entró un mosquito y se puso a darme la tabarra, tratando de metérseme en la boca. Y yo que no me podía mover. Los médicos despotricaron un rato sobre cómo podía haber entrado un bicho en un quirófano y yo no dije nada. Me pareció un asco, menos mal que todavía no me habían abierto, pero yo estaba preocupada en otras cosas más importantes.
Los instantes en los que estuve en la camilla, esperando a que todo empezara, fueron muy raros. Yo ya no sentía nada del pecho para abajo. Pero mi hijo se movía muchísimo. La sensación era extraña porque yo no le notaba como le había notado durante todo el embarazo. No sentía mi propio cuerpo, no sentía nada en la tripa, sin embargo, notaba clarísimamente que mi hijo estaba ahí dentro. Las enfermeras y el anestesista comentaron lo muchísimo que se movía. No puede evitar pensar que todas esas personas estaban viéndome completamente en pelotas, admirando mi tripa en movimiento. Supongo que ya han visto tantas mujeres así que no sienten nada, pero a mi me hacía sentir como un cacho de carne.
El anestesista comenzó a narrarme toda la operación. No paraba de hablar. Se lo agradezco muchísimo porque no me dejaba pensar. La mitad de lo que dijo no lo escuche, pero lo agradecí un montón porque si aquello hubiera estado en silencio, salvo la conversación de mi ginecólogo y el cirujano hablando de lo que me estaban haciendo, hubiera sido mucho peor.
Yo estaba un poco ida. Creo que la gran descarga de adrenalina de los instantes anteriores, con todo el tema de la epidural, más los nervios acumulados, habían propiciado que me diera el bajón en la mesa de operaciones.
Tenía miedo, desde que supe que iba a ser una cesárea, a notar cómo me cortaban. Ya sé que se supone que no se siente dolor, pero yo tenía miedo a notar la raja. No a que me doliera, sino a notar cómo me abrían. Pero no noté nada, porque cuando el anestesista me fue contando que ya habían empezado yo no podía decir nada de lo que me estaban haciendo. Era como no tener cuerpo.
Al poco rato me dijeron que tenían que empujarme la tripa. Me explicaron que como la raja se hace cada vez más pequeña, para que un bebé pueda salir por ahí, hay que empujar con ganas. Me avisaron de que iba a ser incómodo.
¡Jo-der! Perdón por la expresión. Lo primero que pensé cuando se me subieron encima es que menos mal que sabían lo que hacían, porque cualquier otra persona inexperta me hubiera roto una costilla. Como tenía la cabeza ladeada y no pensaba mover la vista ni un milímetro de esos bonitos aparatitos con números en rojo, no sé si me empujaban solo uno o los dos médicos. Lo que sí se es que me faltaba la respiración y estaba tan pegada a la camilla que parecía que la iban a romper por abajo. Aquello se movía como un toro mecánico, no sé cómo no me tiraron al suelo, con lo estrecha que era aquella superficie.
Quejarme no me quejé porque aquello no dolía nada. Daba bastante respeto, sobre todo la sensación tan angustiosa de no poder respirar por la fuerza que hacían y lo presionada que estaba mi espalda contra la camilla.
Lo bueno es que no tardaron ni cinco minutos. Ya os he contado que cuando sacaron a mi hijo yo apenas podía creerlo.
No relato de nuevo cómo fue encontrarme con mi hijo por primera vez porque ya lo hice en mi entrada  esos primeros momentos.
En coserme tardaron mucho más, unos veinte minutos. Mientras iban comentando lo que iban viendo, incluido que tenía un mioma en el cono izquierdo que espero que a estas alturas ya haya desaparecido.
Así tuve tiempo de irme calmando y recuperar la respiración.
Cuando salí del quirófano, estaban fuera mi marido, mis padres y mis suegros, muy emocionados. Ya habían visto al niño. Creo que estábamos todos en una nube. ¡Me gustaría haber visto la cara de mi marido cuando lo pusieron en sus brazos!.
Los detalles de la recuperación, para otro día.