Ayer pasamos un día estupendo. Mi hijo estuvo de muy buen humor, disfrutó mucho pidiendo que le abrieran los paquetes e intentando jugar con todo a la vez y rodeado de sus abuelos, siendo el centro de atención. Fue una buena tarde, estupenda, mucho mejor de lo que yo había pensado. Incluso los juguetes parece que han tenido mucho éxito y van a dar bastante juego.

Quería hacer un resumen de todo ello, adjuntar fotos de los regalos… pero el día acabó regular y ahora mismo es lo que me apetece contar.

Después de casi tres semanas sin manchar, anoche, curiosamente al rato de haberme puesto la progesterona, plof, de nuevo una mancha. Roja. Una sola mancha aislada y escasa, pero ahí vino la muy p* para estropearme el segundo cumpleaños de mi hijo. Así que otra vez vuelta a empezar: hoy toca manchar marrón, muy poquito, muy diluido, un color muy flojo, pero suficiente como para no dejarme en paz.

Estas son de esas cosas que no se olvidan nunca por coincidir con una fecha señalada. Aunque con el tiempo queden en anécdotas, son de esas malas anécdotas que uno termina contando a sus hijos y a sus nietos. Pero hay que vivirlas y aguantarlas mientras suceden.

Me siento… deprimida, triste, sin ganas de hacer nada. Con independencia de la poca importancia que objetivamente tiene, subjetivamente no lo llevo demasiado bien. Y eso que tengo que dar gracias de tener un hijo alegre y cariñoso que no me da mucho tiempo a pensar en nada. Pero me siento culpable porque esto lo he buscado yo y, por más esfuerzos que haga, llevo más de seis semanas en las que lo único que quiero es que pasen los días. Y eso es malgastar su tiempo y el mío y los días con él son especiales, todos, y, lo que es más importante, nunca vuelven.