Me sorprende lo poco que he hablado sobre el colecho. En octubre del año pasado escribí sobre nuestra particular experiencia con el colecho, cuando aún era algo puntual, y a finales de diciembre, lo hice oficial, pero a menos que se me haya pasado por alto alguna otra entrada, parece que no he vuelto a tratarlo con detalle. Supongo que me ha parecido algo tan normal que no le he dado ninguna importancia… así que casi me da rabia venir hoy a hablar de ello para contar que la práctica del colecho se está convirtiendo en algo que cada día llevo peor por la razón más simple de todas: porque no descanso.

Cuando a principios de año se convirtió en habitual que durmiéramos los tres juntos, empezamos a dormir muchísimo mejor que en meses anteriores. Los despertares llorando y gritando, fruto probablemente de numerosos terrores nocturnos, se siguieron repitiendo, pero era mucho más sencillo y cómodo calmarle estando todos juntos que no paseando toda la noche de una habitación a otra. Por otro lado, el dormir pegadito a mi fue el primer gesto importante de apego que el niño desarrolló hacia mi, algo que había que cultivar y mimar como oro en paño. Las primeras semanas, no lo negaré, fueron durillas porque recibíamos muchísimas patadas y, sobre todo, cabezazos, pero al cabo de un tiempo relativamente corto el niño parece que se acostumbró a dormir entre dos adultos y dejó de moverse tanto. Hemos tenido, por tanto, unos cuantos meses en los que hemos dormido bastante bien, con el lujo además de vernos las caras por la noche y al despertar.

Sin embargo, llevamos una temporadita en la que la cosa no funciona bien:

– Más o menos desde principios de junio, el niño ha comenzado a moverse otra vez como al principio del colecho. Esto se debe a que tiene el sueño muy ligero, por lo que no para de dar vueltas. Cabezazos ya no recibimos apenas, ahora la nueva moda es darnos con el pie una y otra vez, clavárnoslo donde pille e ir empujando, ponernos la pierna encima constántemente, subirse encima si estás boca abajo, montarse como buenamente puede si estás de lado, empujarte con las manos con todas sus fuerzas para conseguir más sitio en la cama… Y así podemos pasar horas. Unas noches consigue echar a su padre, otras noche me echa a mi. Pero tampoco le gusta, porque quiere dormir lo más pegado a mi posible, por lo que si me marcho, ya la tenemos armada.

– Las expresiones de afecto se han convertido en un suplicio. Como se chupa el dedo gordo de la mano izquierda y yo duermo a su izquierda, me clava el codo en la cara, en el cuello, en la teta, sin compasión y con el brazo disfruta tapándome los orificios de la nariz. Le entra la pasión y se me tira encima, me empuja frente con frente con tal fuerza que no entiendo cómo no se hace daño, me clava los codos, las rodillas, se pone de pie apoyándose en mi tripa… Me tiene machada, en una palabra. No hay forma de que entienda que me hace daño. A su padre no se lo hace, sólo a mi.

– Ha cogido la manía de amasarme el pelo. Amasar, como hacen uno de mis gatitos con sus patas delanteras en los cojines del salón o cualquier tela que pille. Me agarra de los pelos, empieza a tirar, a revolverlos, a rascarme el cuero cabelludo… Los primeros diez minutos, vaya, pero es que puede estar perfectamente dos horas, desde las 5 de la mañana hasta las 7. Si me pongo de espaldas me agarra de la coronilla, si me pongo de frente, me agarra el flequillo. No tengo escapatoria.

– Duerme poco y muy ligero. Su nuevo horario es de 12 de la noche a 06.30h. A partir de esa hora, cualquier mínimo ruido ya le tiene levantado. Ni hablar de levantarse al baño a hacer pis o tener nosotros una mínima intimidad: se ha convertido en el guardián de nuestra virtud. Inútil madrugar, si yo me muevo, él viene detrás. La siesta, como ya pasaba desde el verano pasado, si estoy cerca, pueden ser fácilmente cuatro horas; si no, no llega a tres cuartos. No sé cómo se aguanta en pie, yo estoy hecha un zombie.

¿Qué hago?. Las últimas noches, desesperada, le planto una cojín en mi lado de la cama para que no se caiga y durante un rato crea que soy yo y me tumbo a los pies de la cama. Me ha funcionado durante unos pocos días, pero desde ayer ya se ha dado cuenta del truco, por lo que se desliza por la cama, viene a mi lado, me planta el pie en la cara de nuevo y me trinca de los pelos. No hay escapatoria.

Opciones: pocas. Cuando estaba embarazada le montamos una habitación súper chula pero cometimos muchos errores. La que debería ser su cama no cumple los requisitos para serlo, no sólo por estar muy alta y no lo suficientemente pegada a la pared sino porque en lugar de tener cabecero, da a una mesa y una estantería, por la que sólo quiere trepar y es peligroso.

De todas formas, el problema básico es que el niño no está, ni de lejos, preparado para dormir solo. Conjugar los intereses de ambos me está quitando el sueño, ¡nunca mejor dicho!.

En la habitación del hotel de la playa nos pusieron una cama supletoria entre las dos individuales nuestras. El niño se dormía normalmente conmigo, algunas veces con su padre y luego o bien él mismo se iba a la supletoria o bien nosotros le dábamos un empujoncito. ¡Qué bien hemos dormido!.

¿Meter una cama en nuestra habitación?. Supongo que empujando cabría, aunque eso condenaría la mesilla de noche y probablemente tampoco podríamos abrir del todo el armario. Pero tendría que ser igualmente una cama alta porque nuestra cama de matrimonio lo es (y mucho).

No tengo ni idea de qué hacer, para qué negarlo. No quiero dejar de colechar porque sé que para el niño es positivo y cuando duerme como un tronco no es ningún problema, al contrario. Pero que, en la situación actual, yo necesito descansar y mi churri y yo necesitamos un poco de intimidad, es innegable.