Hubo un tiempo en el que yo hacía de todo: tiramisú, magdalenas, lasaña… Mi marido jura y perjura que le engañé, que le conquisté en gran parte por el estómago y luego corté el grifo. Pero claro, en aquel entonces yo no tenía nada mejor que hacer que pasarme una mañana o una tarde entera en la cocina, sin distracciones, con la musiquita puesta, disfrutando de lo que en aquel momento era un hobby.
Ya no lo es. Cuando compaginas el trabajo con la casa, todo empieza a hacerse cuesta arriba y cuando empecé a estar de baja durante el embarazo acabamos comiendo “sota, caballo y rey” porque ni tenía fuerzas ni ánimos para ponerme a cocinar (y por la restricción de alimentos peligrosos que yo misma me impuse).
Después de dar a luz me hubiera encantado retomar la cocina. Si no con el mismo entusiasmo de antes, sí con ciertas ganas. Pero no me veo capaz. El niño es muy absorbente, cada vez más, y el poco rato que me deja durante sus siestas prefiero utilizarlo en otras cosas que no son tan cansadas y que me producen más satisfacción, como escribir este blog.
Así que lo siento mucho, pero de momento seguiremos comiendo platos fáciles de preparar y que no manchen mucho la cocina. Que no estoy yo para gaitas.